La protesta que salió de madrugada en Morón, al norte de Ciego de Ávila, dejó otra vez expuesta la tensión que arrastran los cubanos por los apagones y la falta de alimentos. Lo que comenzó como un reclamo pacífico terminó con piedras contra la sede municipal del Partido Comunista, un incendio en la vía pública, otros inmuebles afectados y cinco detenidos, según Cubadebate.
El hecho habla de un país donde la calle ya no contiene el malestar. La energía eléctrica y la comida, dos carencias que golpean a diario, empujaron a vecinos a reclamar en público y el régimen respondió como suele hacerlo cuando la protesta se sale del molde: primero la reduce a vandalismo y después marca territorio con detenciones. Morón dejó ver el desgaste social que ya no cabe en silencio.
Miguel Díaz-Canel admitió el “malestar” que provocan los apagones y volvió a echar mano al discurso oficial sobre el “bloqueo energético” de Estados Unidos, “cruelmente recrudecido en los últimos meses”. Al mismo tiempo, trató de dejar una salida controlada para el reclamo: las quejas son “legítimas” solo “siempre que se actúe con civismo y respeto al orden público”. Esa es la frontera que impone el poder: se puede sufrir, se puede pedir, pero no se puede desbordar la obediencia.
La advertencia llegó enseguida. “Para el vandalismo y la violencia no habrá impunidad”, escribió el mandatario en Telegram, después de afirmar que nada será comprensible, justificado ni admitido cuando atente contra la tranquilidad ciudadana y la seguridad de las instituciones. El mensaje no resuelve la crisis que detonó la protesta; deja claro que el aparato político sigue apostando por el castigo como respuesta a una inconformidad cada vez más visible.
En la misma semana, Díaz-Canel también confirmó que existen diálogos entre La Habana y Washington para buscar soluciones “por la vía del diálogo” a las diferencias bilaterales. Pero en Morón la realidad fue otra: apagones, hambre, frustración y una respuesta oficial centrada en la amenaza. El episodio revela un régimen incapaz de aliviar la vida cotidiana y siempre dispuesto a defender sus instituciones antes que atender la desesperación de la gente.

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