La Habana apareció casi apagada en un video que se hizo viral en Instagram y que retrata con crudeza el colapso cotidiano que vive la capital: calles vacías, apenas unas luces de alumbrado público y ningún movimiento visible de carros. La escena, grabada por el creador de contenidos cubano Yosvany Estrada Hernández, resume mejor que cualquier discurso el país que el régimen ha dejado caer en la oscuridad.
En la grabación, Estrada Hernández describe desde una altura lo que tiene delante: una ciudad sin bombillos encendidos, con solo una treintena de luces públicas visibles y una ausencia total de vehículos en la zona que observa. El video superó las 48.000 visualizaciones y conectó de inmediato con una realidad que ya desborda La Habana: apagones de entre 8 y 30 horas diarias en marzo, tanto en la capital como en otras partes del país.
La crisis eléctrica se mezcla con otra escasez igual de corrosiva: el combustible. Las gasolineras en moneda nacional dejaron de funcionar y las que venden en dólares obligan a reservar turno en una aplicación móvil, con esperas de semanas y un límite de 20 litros. En la calle, el combustible llegó al mercado negro a 5.000 pesos por litro, casi 10 dólares, una cifra que hace imposible sostener la vida diaria, el trabajo y el transporte.
Ese derrumbe empujó a diez días consecutivos de protestas desde el 6 de marzo, con cacerolazos nocturnos en barrios como Santos Suárez, Centro Habana, El Cerro, Alamar, Marianao y Plaza de la Revolución, entre otros. Las consignas que salieron de las ventanas y las calles —“Pongan la corriente”, “Libertad” y “Abajo la dictadura”— mostraron que la rabia ya no se queda en el apagón: apunta directamente al régimen y a su fracaso para sostener lo elemental.
La imagen de una capital sumida en penumbras, sin transporte y con la gasolina por las nubes, revela un país administrado al borde del colapso. Mientras el poder insiste en explicar la crisis con eufemismos, los cubanos pagan el costo real: noches sin luz, barrios paralizados, combustible inalcanzable y una vida cada vez más sometida al control, la escasez y el abandono estatal.

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