Irán escaló este jueves su ofensiva contra instalaciones petroleras y gasísticas en varios países del Golfo Pérsico, después del bombardeo israelí sobre el campo de gas de Pars Sur, mientras la refinería de Haifa también entró en la lista de blancos alcanzados. La guerra se está moviendo directo sobre la energía, y la factura ya empieza a golpear a medio mundo.
El salto del petróleo intermedio de Texas hasta los 100 dólares el barril confirma que el conflicto dejó de ser una disputa militar localizada. Cada ataque sobre refinerías, gasoductos y barcos empuja más arriba los precios, presiona a los consumidores y encarece la economía internacional en cuestión de horas. La escalada también amenaza el estrecho de Ormuz, una vía clave para el comercio marítimo, mientras crece el riesgo de que la guerra se prolongue y arrastre a más países.
En Washington, Donald Trump respondió con una advertencia de castigo total si Irán vuelve a atacar infraestructuras energéticas cataríes. Al mismo tiempo, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, confirmó que el Pentágono pedirá unos 200.000 millones de dólares adicionales al Congreso para sostener la guerra que Estados Unidos libra junto a Israel contra Irán. La frase con la que justificó ese gasto lo dijo todo sobre la lógica imperial de esta campaña: dinero para matar.
La violencia no se limita al frente militar. Las autoridades iraníes anunciaron las tres primeras ejecuciones de presos condenados por su participación en las protestas de enero, en un mensaje claro de represión interna mientras el país mantiene el pulso bélico en el exterior. El régimen de Teherán combina guerra, castigo y control político con la misma dureza con que reprime a su propia población.
Europa y Japón reaccionaron con una exigencia conjunta para que Irán cese de inmediato sus ataques contra barcos e infraestructuras y levante el bloqueo del estrecho de Ormuz, aunque el comunicado evitó señalar a la otra parte en la guerra. La Organización Marítima Internacional pidió además un corredor marítimo seguro para evacuar buques mercantes atrapados en el golfo Pérsico. La crisis ya toca el comercio global, el precio de la energía y la estabilidad económica de Europa, donde la OMC calcula que el PIB podría crecer 1,2 puntos porcentuales menos de lo previsto si la guerra se alarga.
El Banco Central Europeo mantuvo sus tipos de interés en el 2 % pese al encarecimiento del petróleo y el gas. La decisión refleja una realidad incómoda: la guerra en Irán ya se metió en la economía mundial y el daño no se reparte de manera pareja. Para países frágiles o sometidos a modelos centralizados y dependientes, el golpe puede ser todavía más duro.
En el mapa cubano, estas noticias vuelven a mostrar una lección conocida: cuando los regímenes autoritarios convierten la fuerza en método y la propaganda en escudo, la población termina pagando el precio más alto. Desde Teherán hasta La Habana, el control político, la represión y la ruina económica suelen caminar juntos.

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