La Embajada de Estados Unidos en La Habana emitió una alerta de seguridad después del apagón masivo de este lunes 16 de marzo, un corte que dejó a toda Cuba sin servicio eléctrico a las 1:54 p. m. y volvió a exhibir la fragilidad de una red ya golpeada por fallas diarias y apagones prolongados.
El aviso diplomático describió una realidad que los cubanos padecen a diario: cortes programados e imprevistos en todo el país, incluso en La Habana, con impactos directos sobre el agua, la refrigeración, la iluminación y las comunicaciones. La recomendación fue elemental porque el deterioro del sistema ya obliga a la gente a vivir en modo de emergencia, guardando combustible, agua y comida y tratando de mantener el teléfono cargado mientras dure la oscuridad.
El apagón general llegó después de varios días de interrupciones extendidas y de protestas en distintos puntos del país. En Morón, Ciego de Ávila, una de las manifestaciones más visibles avanzó primero como cacerolazo por las calles y terminó frente a la estación de policía y luego ante la sede municipal del Partido Comunista de Cuba, la única organización política permitida en la isla.
Allí, los vecinos gritaron “¡Libertad!”, “¡Abajo la dictadura!”, “¡No tenemos miedo!” y “Patria y Vida”, mientras dirigían sus críticas al gobernante Miguel Díaz-Canel. También se reportó que prendieron fuego frente al edificio de gobierno y saquearon la sede del PCC, una escena que resume el nivel de hartazgo acumulado por la crisis, la escasez y la falta de respuesta del régimen.
La emergencia eléctrica ya no puede presentarse como un tropiezo puntual. En Cuba, el apagón se ha convertido en otra forma de castigo social: paraliza la vida doméstica, corta el acceso al agua, complica la conservación de los alimentos y deja al descubierto la incapacidad del aparato estatal para sostener servicios básicos. Cada falla del sistema eléctrico golpea más a las familias que no tienen margen para comprar, almacenar ni improvisar.
En ese cuadro, la advertencia de Washington llegó como reacción a una realidad que La Habana pretende administrar con propaganda y consignas. La crisis energética, sumada a la presión política en la calle, refleja un país agotado por un modelo que no garantiza ni luz, ni abastecimiento, ni tranquilidad. Cuando la red se cae y las protestas crecen, el responsable político sigue siendo el mismo: un régimen que mantiene el control del poder mientras deja al cubano soportando las ruinas de su gestión.

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