Santa Clara cocina con humo ante apagones de 12 horas

Santa Clara vive en estos días una rutina brutal: apagones de más de 12 horas empujan a las familias a cocinar con carbón carísimo, leña improvisada y, en algunos casos, desechos tóxicos como poliespuma o jabas de nailon. En portales y balcones se levanta un humo negro que delata una crisis doméstica mucho más profunda que la falta de corriente.

La escasez de combustibles ha dejado a muchos sin petróleo ni alcohol para prender el fogón. Lo que antes era una tarea diaria resuelta con alguna normalidad hoy depende de inventos agresivos para la salud y de un mercado informal que castiga por igual a jubilados, trabajadores estatales y familias que reciben ayuda desde el exterior. Nadie queda a salvo del mismo encierro energético.

Sonia, profesora de Español retirada, paga casi 2.000 pesos por un saco de carbón y lo rinde con una técnica que aprendió en el Período Especial: coloca los trozos en forma de pirámide sobre cartones de huevo para que prendan desde abajo. Dice que jamás pensó volver a esa escena, y basta verla para entender cuánto retrocedió la vida cotidiana en la isla.

Jesús, un anciano de más de 60 años, sale de madrugada desde el reparto Camacho a recoger latas, pomos plásticos y cualquier envase que pueda venderse como materia prima. A veces consigue unas leñas en un potrero, pero se consumen rápido. El poco carbón que le regalaron debe reservarlo para cocinar una sola vez al día, mientras él y su esposa enferma sobreviven con plátano burro y calabaza sembrados en el patio.

La caída parcial del Sistema Electroenergético Nacional a principios de marzo agravó todavía más el desastre. Elizabeth González, madre de dos niños menores de cinco años, tuvo que cocinar en un solo día toda la comida que había guardado en el refrigerador: dos paquetes de pollo, varias salchichas y unas cuantas libras de picadillo compradas por unos 10.000 pesos. En horas perdió el alimento destinado para todo un mes.

En el reparto Virginia improvisó un fogón de carbón en el techo de su casa porque la electricidad no volvió hasta tres días después del colapso. Aunque había comprado una cocina de petróleo, no puede usarla: cada litro de combustible se cotiza en 3.000 pesos en el mercado informal. La corriente entra y sale, pero el daño queda entero en la mesa vacía, en el gasto perdido y en la tensión de una madre que nunca sabe si conviene celebrar o lamentar que vuelva la luz.

La misma presión se extiende a los negocios de barrio. La subida del combustible ha reducido inventarios y ha encarecido el transporte de productos cárnicos como pollo o picadillo. Muchos propietarios dependen de intermediarios que mueven mercancía desde el puerto del Mariel o desde almacenes mayoristas, pero un contenedor de La Habana al centro del país supera ya el millón de pesos. El resultado es visible: menos oferta, precios más duros y más escasez en las casas.

En las zonas rurales el cuadro se rompe por completo. Hay lugares donde apenas llega entre 30 y 40 minutos de electricidad al día. Aymée Olivera se mudó con un familiar en Santa Clara desde Mataguá, en Manicaragua, porque allí, según dice, “los refrigeradores son escaparates y los ventiladores están de adorno”. Esa mudanza forzada dentro del propio país resume lo que el régimen ha impuesto: familias separadas, comida perdida y una supervivencia cada vez más humillante.

Santa Clara retrata una Cuba empujada a cocinar con humo, a comprar carbón como si fuera un lujo y a vivir pendiente del próximo apagón. El fracaso energético del régimen ya no se mide solo en megawatts caídos; se mide en alimentos echados a perder, noches sin sueño y casas donde prender un fogón cuesta demasiado. Esa es la factura real de un sistema que no garantiza ni electricidad ni una comida caliente.

Los apagones de más de 12 horas en Santa Clara empujan a familias a cocinar con humo, carbón caro y desechos tóxicos para sobrevivir.[8][

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