La captura del narcotraficante uruguayo Sebastián Enrique Marset Cabrera en Santa Cruz de la Sierra cerró este viernes una persecución internacional que se prolongó por años y dejó al descubierto la capacidad de una red criminal para esconderse entre pasaportes falsos, identidades cambiadas y protección armada. El arresto cayó como un golpe directo contra uno de los nombres más pesados del narcotráfico sudamericano.
La Oficina de Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos celebró la detención con un mensaje en el que dio por terminado el “reinado de terror” de Marset. Washington atribuyó el operativo al liderazgo del presidente Rodrigo Paz y a la cooperación entre Bolivia y Estados Unidos, dentro de la estrategia conocida como “Escudo de las Américas”, presentada como una ofensiva para frenar las redes del narcotráfico en la región.
Marset arrastra acusaciones graves. Las autoridades lo señalan como el cerebro de rutas que movieron toneladas de cocaína desde Bolivia y Paraguay hacia Europa, usando a Uruguay como nodo logístico. También fue vinculado con el lavado de activos a través del sistema financiero estadounidense, lo que derivó en una acusación federal en marzo de 2024, y con el asesinato del fiscal paraguayo Marcelo Pecci en 2022.
Durante años logró mantenerse fuera del alcance de la justicia con documentos falsos, varios pasaportes y una estructura de apoyo que le permitió moverse con soltura por la región. En julio de 2023 llegó a protagonizar una fuga de alto perfil desde una lujosa residencia en Santa Cruz, apenas minutos antes de una redada policial. Desde entonces se mantuvo prófugo pese a la presión regional, las recompensas millonarias y la persecución internacional.
La detención también deja una lectura política clara sobre Bolivia. El gobierno de Rodrigo Paz, instalado a finales de 2025, ha girado de manera abierta hacia la cooperación con agencias extranjeras y ha dejado atrás casi dos décadas de políticas del MAS. Esa alineación con Washington busca marcar distancia con la permisividad, el blindaje y la complicidad que suelen acompañar a los entornos donde prosperan estas redes criminales.
Para el resto de la región, el caso confirma algo que Cuba conoce bien por otras vías: el crimen organizado se fortalece cuando encuentra Estados débiles, instituciones corrompidas y aparatos políticos que prefieren mirar hacia otro lado. La caída de Marset no borra el daño hecho, pero sí demuestra que la presión coordinada puede romper, al menos por un momento, la sensación de impunidad con que operan estas mafias.

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