Bruno Rodríguez aísla las conversaciones con EE.UU. del conflicto interno cubano

Bruno Rodríguez intentó separar este sábado las conversaciones entre La Habana y Washington de la crisis política cubana al asegurar que esos contactos “no conciernen en lo absoluto a los asuntos internos” ni a los modelos económicos, sociales y constitucionales de ninguno de los dos países. La frase, publicada por el canciller del régimen en X, dejó al descubierto la vieja maniobra oficial: negociar con Estados Unidos mientras se niega cualquier vínculo entre esas gestiones y el desastre que el castrismo ha impuesto dentro de la Isla.

El jefe de la diplomacia cubana insistió en que el diálogo busca resolver diferencias bilaterales con apego al Derecho Internacional y “respeto a la soberanía” de ambas partes. Presentó esas conversaciones como una práctica habitual y responsable, pero evitó entrar en el contenido de lo discutido y repitió el libreto de siempre: silencio, control político y cero rendición de cuentas ante los cubanos.

La respuesta desde el Congreso estadounidense fue inmediata. El congresista cubanoamericano Carlos Giménez replicó que el régimen no tiene nada que Estados Unidos quiera y advirtió que, sin un cambio de sistema contundente, la crisis económica y social de Cuba seguirá empeorando. Su mensaje puso el foco donde La Habana prefiere no mirar: la negociación externa no borra el colapso interno ni la responsabilidad de la cúpula comunista en el hundimiento del país.

El propio Miguel Díaz-Canel había confirmado el viernes que funcionarios de La Habana sostuvieron conversaciones recientes con representantes del gobierno de Estados Unidos. Lo hizo en una comparecencia transmitida por canales oficiales y montada de forma inesperada a las 6:30 de la mañana, un detalle que dice mucho sobre la opacidad con que el régimen maneja estos asuntos. Según el mandatario, los contactos están dirigidos por Raúl Castro, junto a él y las principales estructuras del Partido, el Estado y el Gobierno.

También admitió que durante semanas las autoridades cubanas negaron o evitaron confirmar cualquier acercamiento formal con Washington. Después de ese silencio, el aparato oficial salió a presentarse como adalid de la “seriedad” y la “responsabilidad”, aunque sin ofrecer una sola explicación clara sobre qué se negocia, por qué se ocultó y qué impacto puede tener en la vida de los cubanos.

La secuencia deja algo evidente: el régimen vuelve a buscar oxígeno en su relación con Estados Unidos mientras intenta blindar su monopolio interno. Habla de soberanía y de Derecho Internacional, pero mantiene a la población atrapada en la escasez, la falta de libertades y el deterioro económico que produce su propio modelo. La negociación externa puede interesarle a la cúpula; la crisis cotidiana sigue cayendo sobre la gente.

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