Cacerolazos en Cojímar y El Cerro por los apagones

La rabia volvió a subir a la calle en La Habana. En Cojímar, vecinos salieron la noche del miércoles a golpear cacerolas contra los apagones que los dejaron sin corriente durante horas y les hicieron pasar la tarde del martes hasta la tarde del miércoles entre calor, mosquitos y oscuridad. La protesta estalló cuando el servicio regresó solo para caer otra vez esa misma noche, un patrón que ya tiene exhausta a buena parte de la capital.

Una residente de la rotonda de esa localidad contó que la gente “ya no aguanta” y que el malestar se volvió insostenible por la imposibilidad de dormir y soportar el sofoco dentro de las casas. En Cojímar, como en tantos otros barrios de Cuba, el problema dejó de ser una molestia doméstica para convertirse en una humillación diaria impuesta por el colapso eléctrico que el régimen sigue sin resolver.

La protesta no se limitó a Cojímar. En el municipio El Cerro, cerca de la Esquina de Tejas, también se escucharon cacerolazos. El descontento se ha ido extendiendo por barrios distintos, pero con la misma raíz: un sistema eléctrico al borde del derrumbe y una población obligada a sobrevivir entre cortes interminables y promesas vacías.

El propio ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, reconoció esta semana el agravamiento de la situación del Sistema Eléctrico Nacional. Explicó que la crisis responde a la salida de servicio de varias centrales termoeléctricas clave, entre ellas la unidad 1 de Felton por mantenimiento, una avería en los motores de Mariel, la falla de la unidad 5 de Nuevitas y la no incorporación del bloque 5 de Rente tras su reparación. La lista confirma el nivel de deterioro de una infraestructura que el régimen ha dejado caer a pedazos.

Las consecuencias llegan mucho más allá del malestar nocturno. Desde Camagüey, una madre identificada como Nadia dijo que no está enviando a su hija a la escuela primaria por el cansancio que dejan los apagones. Su decisión retrata el impacto real de la crisis: familias que reorganizan la vida alrededor del corte eléctrico, niños sin descanso y hogares donde estudiar, dormir o simplemente comer caliente se vuelve una batalla.

En Santiago de Cuba, el activista Yasser Sosa reportó doce horas sin corriente. Sosa, al frente del proyecto humanitario Una Mano Amiga, explicó que los apagones le complican también la labor solidaria que sostiene. Su testimonio refleja una verdad que el régimen intenta maquillar: cuando la luz se va, se apaga también una parte del tejido social, se frena la ayuda entre cubanos y se reduce todo a la lucha brutal por lo básico.

La protesta en Cojímar y El Cerro deja otra señal clara de hartazgo. La población ya no está reaccionando con silencio ante un colapso que castiga la vida diaria, golpea a los niños, rompe la rutina familiar y exhibe la incompetencia de un sistema incapaz de garantizar ni lo más elemental. Frente a esa realidad, el cacerolazo vuelve a ser la respuesta espontánea de un pueblo empujado al límite.

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