Canadá estudia enviar ayuda humanitaria a Cuba mientras la isla entra en una fase crítica de apagones, falta de combustible y desabastecimiento que ya golpea la vida diaria de millones de personas. Ottawa admite que sigue de cerca el deterioro y reconoce el riesgo de una crisis humanitaria más profunda.
La decisión, todavía en estudio, llega cuando el país vive una asfixia energética que el propio análisis citado por CBC describe como un bloqueo petrolero de hecho. Buques vigilados, persecución a los cargamentos y presión directa sobre los suministros han dejado al régimen con cada vez menos margen para sostener el funcionamiento básico del país.
El economista cubano Ricardo Torres alertó que la isla podría quedarse sin petróleo en pocas semanas. La cifra que coloca sobre la mesa es brutal: Cuba necesita entre 90,000 y 100,000 barriles diarios equivalentes para sostener su vida económica mínima, y una ayuda puntual no cubre un hueco de ese tamaño.
Mientras tanto, el costo lo pagan los cubanos de a pie. El régimen suspendió la venta de diésel al público para reservar lo poco que queda para hospitales y transporte esencial. Aun así, los apagones siguen afectando el bombeo de agua, paralizan actividades económicas y agravan la escasez de alimentos en un país que depende de importaciones para sobrevivir.
La crisis también ha reordenado la presión política fuera de la isla. En Canadá, dirigentes del Nuevo Partido Democrático y del Bloc Québécois han pedido al primer ministro Mark Carney que envíe ayuda inmediata y adopte una postura más dura frente a Washington. La ministra de Exteriores, Anita Anand, dijo estar profundamente preocupada, pero evitó comprometerse con el envío de combustible o asistencia adicional.
El cuadro se complica porque los alimentos y medicinas no están sujetos a las sanciones estadounidenses. De hecho, Estados Unidos anunció este mes un envío de seis millones de dólares en productos humanitarios. El problema mayor está en el petróleo: una orden ejecutiva firmada por Donald Trump amenaza con aranceles a cualquier país que venda o suministre crudo a Cuba, lo que deja a Ottawa en una posición delicada.
La escasez ya alcanza al turismo y a las empresas extranjeras. Más de 27,900 viajeros regresaron de Cuba en aerolíneas canadienses antes de que varias suspendieran vuelos por falta de combustible. El golpe también se sintió en la minera canadiense Sherritt, principal socio extranjero en la explotación de níquel y cobalto en Moa, que anunció la suspensión temporal de operaciones.
Lo que se ve en esta crisis es el retrato más crudo del fracaso energético del régimen: sin combustible no hay transporte, no hay producción, no hay agua, no hay estabilidad. Y cuando el país entero depende de decisiones externas para mantener encendidas las plantas, queda claro hasta qué punto la economía cubana fue llevada al borde por años de control político, improvisación y ruina acumulada.

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