La Casa Blanca salió este miércoles a defender la línea de Donald Trump sobre Cuba y descalificó un reportaje de The New York Times que había puesto bajo la lupa las conversaciones entre Washington y La Habana. Steven Cheung, director de Comunicaciones del Ejecutivo estadounidense, dijo que solo Trump y Marco Rubio saben “lo que realmente ocurre” sobre la Isla y atacó a los reporteros por apoyarse, según él, en fuentes desinformadas.
La respuesta llegó después de que Rubio también rechazara públicamente el trabajo del periódico y lo acusara de sostenerse en “charlatanes y mentirosos” que se presentan como bien informados. El portavoz del diario, Charlie Stadtlander, defendió el reportaje y aseguró que la información fue contrastada con cuatro personas familiarizadas con los contactos de Estados Unidos con Cuba, además de consultas previas al Departamento de Estado que no recibieron objeciones factualmente concretas.
El choque no se quedó en una disputa de versiones periodísticas. La Casa Blanca evitó señalar qué parte exacta del texto sería falsa y prefirió desacreditar a las fuentes y a los redactores. Ese gesto revela hasta qué punto el tema Cuba sigue siendo terreno de guerra política en Washington, donde la administración Trump intenta marcar el paso frente a un régimen agotado, mientras reserva sus movimientos para canales cerrados y mensajes calculados.
Según el reportaje cuestionado, la administración estadounidense habría planteado como condición para avanzar en las conversaciones con Cuba la salida del poder de Miguel Díaz-Canel. En otras palabras, Washington está leyendo la continuidad del gobernante como un obstáculo para cualquier avance real con el régimen, en medio de una crisis económica aguda que mantiene a la Isla entre escasez, apagones y malestar social.
La opacidad de esos contactos deja fuera a los cubanos, que siguen pagando el costo de un modelo político fracasado y de una economía asfixiada por el control estatal, la improvisación y la ausencia de libertades. Mientras en Washington se cruzan acusaciones y se administran filtraciones, en Cuba persisten las carencias de siempre, sostenidas por un poder que no rinde cuentas y que ha convertido la crisis en método de permanencia.
El fondo del asunto vuelve a colocar a Cuba en el centro de una discusión que la dictadura intenta monopolizar con propaganda y silencio. Que la Casa Blanca, el secretario de Estado y un gran medio estadounidense choquen por el contenido de unas conversaciones dice mucho de la disputa política en torno a la Isla, pero no borra la realidad principal: el régimen sigue aferrado al poder mientras el país se hunde en la escasez y la incertidumbre.

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