China rechaza injerencias en su pulso por Latinoamérica

China apretó el paso en su disputa por influencia en Latinoamérica y dejó claro que no quiere que Estados Unidos ni ningún otro actor externo se meta en sus vínculos con la región. El canciller Wang Yi pidió este domingo que las «terceras partes» se abstengan de interferir y sostuvo que los países latinoamericanos deben escoger su propio camino.

La declaración llegó poco después de una cumbre en Miami convocada por Donald Trump con líderes de derecha de la región para reforzar el peso de Washington y frenar el avance chino. El choque quedó expuesto en el mismo momento en que Pekín defendía su relación con América Latina como una cooperación basada, según Wang, en apoyo mutuo y en el respeto al Sur Global.

El mensaje chino se produjo también en la rueda de prensa anual del ministro de Exteriores, dentro de la sesión de la Asamblea Nacional Popular, el gran evento político anual del país. Desde ese escenario, Wang insistió en que China no participa en cálculos geopolíticos ni interfiere en los asuntos internos de otros Estados, una afirmación que busca blindar la expansión de Pekín en una región cada vez más disputada.

El contexto afecta directamente a Cuba, donde el régimen sigue atado a la presión de Washington y al mismo tiempo depende de la cercanía con potencias que le ofrecen oxígeno político y económico. El borrador sitúa además el bloqueo energético impuesto por Estados Unidos a la isla entre los puntos de fricción condenados por China, lo que confirma que La Habana sigue atrapada en una pelea de gigantes que no resuelve su crisis de fondo.

La cumbre de Miami, celebrada antes del inicio de la guerra con Irán, reunió a mandatarios y figuras de países como Paraguay, Argentina y El Salvador. Mientras tanto, Washington movía fichas para contener la influencia de Pekín, con presiones sobre el Canal de Panamá para cortar vínculos con empresas de Hong Kong y sanciones contra tres funcionarios chilenos por la posible construcción de un cable de fibra óptica con China.

En esa pulseada, Cuba queda como ficha útil para ambos bandos y como rehén de una política exterior diseñada desde la supervivencia del régimen, no desde los intereses de los cubanos. La isla no elige libremente su rumbo porque el poder en La Habana ha convertido la dependencia externa en método de gobierno y ha dejado al país sin margen real para una soberanía económica y política propia.

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