Las colas por gasolina muestran el colapso energético en Cuba

En Holguín, la cola para comprar gasolina se ha convertido en otra escena del derrumbe cubano. Taxistas privados, mototaxistas y choferes que dependen del combustible para sobrevivir pasan horas, y a veces días, frente a los servicentros, mientras el régimen les cobra impuestos, patentes y multas sin garantizarles lo básico para trabajar. La queja de Orestes, un taxista del sector privado, resume la trampa en la que quedó atrapado el transporte por cuenta propia: el Estado exige, castiga y aprieta, pero no responde con insumos, ni con servicio, ni con una salida real.

La escasez ya no se limita al malestar cotidiano. En Holguín, la gasolina se vende en dólares a 1,30 por litro y aun así desaparece rápido. Los choferes denuncian que el combustible termina desviándose hacia el mercado informal, donde se revende más caro y alimenta una cadena de especulación que castiga a quien intenta trabajar de forma honesta. La versión oficial habla de normalidad, pero la calle muestra otra cosa: surtidores vacíos, colas interminables y un negocio negro que florece donde el régimen deja el vacío.

El impacto más fuerte recae sobre el transporte privado, que hoy sostiene buena parte de la movilidad en la isla ante la ruina del servicio estatal. Lorenzo Portales, mototaxista, dice que ya ni pagando en dólares tiene garantizado el combustible para salir a la calle. Roberto Valdés cuenta que su taxi pasa más tiempo detenido en la cola del CUPET que en la carretera, y que ha tenido que comprar gasolina “por la izquierda” a precios que vuelven imposible mantener tarifas normales. En ese engranaje roto, el chofer carga con la bronca del pasajero, pero el origen del problema sigue arriba: un sistema que no abastece y luego culpa a los trabajadores por sobrevivir como pueden.

La presión también cae sobre los empleados de las gasolineras, convertidos en rostro visible de una crisis que no controlan. Un despachador identificado como Jorge reconoce que recibe insultos y ofertas de dinero para colar a unos clientes sobre otros, pero insiste en que no decide nada. Esa escena revela otra realidad incómoda: la escasez no solo vacía los tanques, también pudre las relaciones sociales y empuja a la gente a resolver por la izquierda lo que el régimen no organiza por la vía normal.

CUPET intentó apagar el incendio con desmentidos sobre una supuesta paralización de la distribución, pero los hechos en la calle desmontan cualquier comunicado. La ONEi reportó una caída de 93% anual en el servicio del transporte estatal durante los primeros nueve meses de 2025, una cifra que confirma la parálisis de la movilidad en la isla. A eso se suma la pérdida del suministro venezolano, la inestabilidad externa y las sanciones anunciadas por Washington, que cerraron todavía más el cerco energético. El resultado es el mismo de siempre bajo el castrismo: menos combustible, más control político, más improvisación y más hambre económica para el cubano de a pie.

Expertos citados en el propio contexto de esta crisis advierten que el país puede entrar en una quiebra energética total en pocas semanas si no aparecen nuevas entregas de crudo o combustibles. Jorge Piñón habla de un impacto catastrófico sobre el transporte de pasajeros y mercancías, la agricultura, la industria, el agua y la generación distribuida. Pedro Monreal va más lejos y plantea que la interrupción forzada podría dejar niveles de energía por debajo de los años noventa. En la práctica, eso significa una Cuba todavía más inmóvil, más cara y más sometida a la penuria que el régimen lleva décadas administrando como castigo nacional.

Mientras los voceros oficiales se refugian en Facebook y X para denunciar la presión de Washington, la realidad en Holguín sigue siendo la misma de cada día: colas, revendedores, tarifas disparadas y familias enteras dependiendo de que una pipa aparezca a tiempo. La gasolina se volvió el nuevo oro en una economía devastada por la ineficiencia, la corrupción y el control estatal. Y cuando el combustible falta, no se paraliza solo un taxi: se apaga otra parte de la vida cubana.

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