La falta de combustible ya está apretando también a los mercados agrícolas de La Habana, donde vendedores y clientes se mueven a pie, compran menos y cargan con precios cada vez más duros. En los puestos de Playa y el Vedado, el racionamiento energético se traduce en mercancía que no llega, ofertas incompletas y una presión más sobre bolsillos que hace rato están al límite.
En el mercado agrícola de Playa, Norbys, de 52 años, camina 45 minutos desde su casa para llegar al trabajo porque el transporte es caro y escaso. Desde su puesto, admite que faltan productos que antes podían entrar con más regularidad, y lo atribuye directamente a la dificultad para mover mercancías en medio del racionamiento de combustible. La escena resume la nueva realidad del comercio minorista en Cuba: vender lo que aparezca, como se pueda y al precio que permita el mercado negro.
La crisis ya no se queda en los apagones, las colas o la escasez de gasolina. Ahora empieza a torcer también el flujo de frutas y verduras, una de las pocas vías de alimentación fresca para muchas familias. El problema llega en el peor momento posible, porque esos alimentos ya estaban fuera del alcance de buena parte de la población desde antes de esta nueva escasez energética.
En el Vedado, Reinel salió con una bolsa pequeña y compró solo tomates, ají y papas. Fue a pie y eligió lo justo, como hacen cada vez más cubanos. Su queja apunta al mismo centro del golpe económico: si sube el dólar informal, sube todo, desde el pan hasta lo que se trae desde fuera de la capital. En un país donde la divisa marca el pulso de los precios, la gasolina racionada empuja todavía más la cadena de encarecimiento.
Ese desajuste también amenaza al sector privado que abastece parte de la ciudad. José Javier Mosquera, de la empresa Petricor, dijo que si continúa la escasez de combustible, toda su operación puede resentirse porque depende de campesinos y rutas de reparto fuera de La Habana. Aunque por ahora siguen trabajando con transporte que no usa combustible, el margen es frágil y el costo se puede trasladar enseguida al consumidor.
La consecuencia inmediata es clara: menos oferta, más encarecimiento y más incertidumbre en un país donde la economía ya venía golpeada por seis años de crisis profunda, inflación, dólar por las nubes, apagones diarios y migración masiva. El régimen responde con un plan de contingencia que reduce servicios públicos, recorta el combustible al extremo, suspende clases presenciales en la universidad y fuerza teletrabajo y horarios restringidos en oficinas estatales.
La presión externa agrava el cuadro, pero el costo político y social cae sobre los cubanos de a pie. La Habana vive otra vuelta de tuerca en una crisis que ya había dejado la mesa vacía para muchos. Ahora también aprieta el traslado de los alimentos, y con ello se confirma cuánto depende la vida diaria de un país paralizado por la escasez, la mala gestión y una estructura estatal incapaz de sostener ni siquiera el movimiento básico de comida hacia sus mercados.
La falta de combustible ya golpea los mercados agrícolas de La Habana: menos mercancía, más precios y otra presión sobre familias que viven al día.[8][

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