Costa Rica cerró su embajada en La Habana y pidió el retiro de los diplomáticos cubanos en San José, una decisión que deja la relación bilateral reducida al plano consular y suma otra señal de desgaste para la diplomacia del régimen. La respuesta de la Cancillería cubana fue inmediata: acusó a San José de actuar bajo presión de Estados Unidos y calificó la medida de unilateral y sin argumentos.
El golpe no es menor para La Habana. El Ministerio de Relaciones Exteriores intentó presentar la ruptura como parte de una ofensiva de Washington para aislar a Cuba, pero el hecho concreto es que otro gobierno de la región tomó distancia de una dictadura que mantiene dentro de la isla el maltrato, la represión y las condiciones indignas que el propio presidente costarricense Rodrigo Chaves mencionó en declaraciones reproducidas por EFE.
La decisión costarricense llegó después de un movimiento similar de Ecuador, que en las últimas dos semanas ordenó la salida de todo el personal diplomático, consular y administrativo cubano de Quito y dispuso el regreso de su embajador. Para el régimen, la secuencia es un revés político porque rompe la comodidad con que durante años usó América Latina como respaldo automático en foros internacionales y como refugio retórico frente al deterioro interno.
La Cancillería cubana insistió en hablar de vínculos históricos y de pueblos hermanados, pero ese discurso choca con una realidad que pesa cada vez más fuera de la propaganda oficial. Mientras en la isla se acumulan la escasez, la represión y el castigo político, varios gobiernos comienzan a marcar distancia de un poder que exige solidaridad afuera y no ofrece libertades adentro.
Ese contraste también se reflejó en la votación de octubre de 2025 en la ONU contra las sanciones estadounidenses a Cuba, cuando tanto Ecuador como Costa Rica se abstuvieron y rompieron el consenso latinoamericano que durante años favoreció a La Habana. El cambio confirma que el blindaje regional del régimen se debilita y que cada vez más gobiernos prefieren apartarse de una cúpula que ha deteriorado la vida en la isla y sigue respondiendo con consignas a cualquier señal de rechazo internacional.
La consecuencia inmediata para el castrismo es un mayor aislamiento diplomático y una nueva grieta en su narrativa exterior. Lo que la dictadura vende como complot ajeno revela, en realidad, el costo político de su propio fracaso interno.

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