Cuba entra en otra espiral de apagones, escasez y aislamiento aéreo

Cuba volvió a quedarse atrapada en la misma trampa de siempre: apagones masivos, falta de combustible, caída de divisas y un aislamiento aéreo que golpea de lleno al turismo, una de las pocas fuentes de ingreso que todavía sostenía al régimen. La crisis energética y económica se profundiza mientras el país se hunde en una parálisis cada vez más visible en las calles, en los aeropuertos y en la vida diaria de la gente.

La suspensión temporal de los vuelos de las aerolíneas rusas Rossiya y Nordwind se sumó a la cancelación de operaciones de cuatro compañías canadienses que ya habían dejado de volar hacia La Habana. Las empresas alegaron la imposibilidad de abastecerse de combustible en los aeropuertos cubanos. Ese dato revela la magnitud del colapso: ni siquiera el turismo logra escapar del desabastecimiento que el régimen arrastra sobre toda la economía.

La pérdida de conectividad aérea pega en dos direcciones. Deja varados a turistas y cubanos, y al mismo tiempo le cierra el grifo de divisas a un aparato estatal que depende de ese ingreso para sobrevivir. Rusia y Canadá concentraron en 2025 más de la mitad de los visitantes extranjeros, por lo que la caída de esos vuelos amenaza con acelerar todavía más la ruina del sector.

En paralelo, el mercado informal de divisas marcó un récord histórico de 500 pesos cubanos por dólar. Esa cifra resume el derrumbe del peso y confirma el fracaso de la llamada Tarea Ordenamiento, presentada por el régimen en 2021 con un tipo de cambio oficial de 24 pesos por dólar que nunca tuvo respaldo real. La inflación, el déficit fiscal y la falta total de confianza en la moneda nacional empujaron la depreciación a niveles extremos.

La crisis energética también recibió un golpe directo con el corte del suministro de petróleo venezolano, agravado por la presión de Estados Unidos sobre los países que exportan crudo a Cuba. El último petrolero llegó en enero y, según expertos citados en el material, si no aparecen nuevos cargamentos para marzo, el apagón energético será todavía más severo. La isla quedó sin sus viejos apoyos y sin capacidad interna para sostenerse.

El martes, más del 64% del territorio nacional quedó sin electricidad durante las horas de mayor demanda, el peor registro reportado por los sistemas de monitoreo oficiales. Las centrales termoeléctricas, desgastadas y sin repuestos, ya no cubren ni una parte mínima del consumo nacional. La falta de diésel y fueloil para mover los motores de generación paralizó la red durante cuatro semanas consecutivas, según el propio reconocimiento del régimen.

La población paga el precio más alto. El gobierno ha restringido los servicios hospitalarios y el transporte público a lo esencial, la gasolina casi desapareció del mercado y la agricultura quedó reducida a los cultivos básicos. Universidades y oficinas funcionan con horarios recortados o a distancia, mientras miles de trabajadores reorganizan su rutina para sobrevivir entre la escasez, la oscuridad y el desgaste cotidiano.

El turismo, que el aparato oficial presenta como tabla de salvación, está prácticamente paralizado. Hoteles cerrados, combustible mínimo y viajeros trasladados a instalaciones con reservas limitadas describen un escenario de emergencia. A eso se suma la advertencia de Alemania y Suiza, que recomendaron a sus ciudadanos evitar viajes a Cuba por el déficit agudo de combustibles y los riesgos logísticos y sanitarios que ya son imposibles de ocultar.

Mientras Miguel Díaz-Canel insiste en la retórica de la resistencia y culpa al “asedio” externo, el discurso oficial se vacía frente a la realidad de los apagones, la inflación y la escasez. El Partido Comunista repite consignas de unidad y victoria, pero el desgaste social, la frustración acumulada y el éxodo masivo muestran a un país empujado al borde del colapso por un modelo incapaz de garantizar lo básico.

La escena final es la de una nación sin combustible, sin turismo, sin divisas y sin salida clara. La crisis energética y económica expone otra vez la fragilidad de un sistema que ha convertido la supervivencia diaria en rutina y que solo responde con propaganda cuando la realidad ya desbordó todas sus promesas.

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