Cuba desconectará al 62 % de la isla en la mayor demanda

La crisis eléctrica cubana volverá a golpear este jueves con una desconexión simultánea de hasta el 62 % de la isla en el horario de mayor consumo. El dato, confirmado por la estatal Unión Eléctrica, deja otra vez al descubierto un país obligado a vivir entre apagones programados, averías y recortes que estrangulan la vida diaria.

La propia UNE calcula una demanda máxima de 3.060 megavatios y una capacidad de generación de apenas 1.185. La diferencia obliga a recortar 1.905 megavatios para evitar un apagón desordenado. En la práctica, eso significa más hogares sin luz, más centros de trabajo paralizados y más servicios básicos sometidos a una red que ya no sostiene ni la rutina más elemental.

La cifra no cae del cielo. Cuba arrastra esta crisis desde mediados de 2024, con cortes diarios, varios apagones nacionales y fallas masivas que han hundido la vida civil en una oscuridad cada vez más normalizada. El viernes pasado se registró el mayor apagón programado desde que la isla comenzó a publicar estas estadísticas: 68 % del país quedó desconectado al mismo tiempo.

Antes de eso, otro apagón masivo dejó sin corriente a unos seis millones de personas, incluida La Habana, tras una avería en una central termoeléctrica clave del oeste del país. El colapso no se limitó a la electricidad: también se cayeron el teléfono, internet, el gas y parte de la señal de televisión y radio. Cuando la red eléctrica falla, arrastra detrás buena parte de la vida del país.

El régimen insiste en cargar el peso del desastre sobre el déficit de combustible y las sanciones de Estados Unidos, pero el propio cuadro que describe la UNE apunta a otra realidad más dura: un sistema energético sostenido sobre infrafinanciación crónica, parches y abandono. Cuba no enfrenta solo un problema técnico. Padece el resultado de una gestión estatal incapaz de garantizar algo tan básico como la corriente.

Mientras el oficialismo habla de “asfixia energética”, la población paga el costo en barrios, hospitales, escuelas y centros de trabajo donde la electricidad ya depende de cálculos de emergencia. La crisis revela hasta qué punto el aparato estatal ha dejado caer uno de los servicios más sensibles del país y ha convertido la falta de luz en parte de la vida cotidiana cubana.

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