La Habana aseguró que mantiene comunicación con Washington después del tiroteo en aguas territoriales cubanas que terminó con cuatro muertos y seis heridos, mientras el régimen insiste en presentar el caso como un intento de infiltración con fines terroristas. El episodio dejó además a un comandante cubano atendido y abrió un nuevo pulso político entre ambos gobiernos.
El viceministro de Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, dijo que desde el primer momento la parte cubana habló con contrapartes estadounidenses, incluido el Departamento de Estado y el servicio de Guardacostas. Según su versión, las autoridades de EE.UU. han mostrado disposición a cooperar en el esclarecimiento de los hechos, una señal que La Habana intenta usar para reforzar su narrativa de alerta y amenaza externa.
El incidente ocurrió este miércoles, cuando tropas guardafronteras detectaron una lancha rápida procedente de EE.UU. y le dieron el alto para identificarla. Siempre según la versión oficial cubana, desde la embarcación se efectuaron varios disparos y la guardia fronteriza respondió. La operación terminó con cuatro fallecidos, seis heridos y la incautación de armas, munición y otros equipos militares.
Entre los objetos ocupados, el viceministro mencionó fusiles de asalto y de francotirador, pistolas, cócteles molotov, equipos de visión nocturna, bayonetas, ropa de camuflaje, medios de comunicación y monogramas de organizaciones contrarrevolucionarias de corte terrorista. También afirmó que entre los diez tripulantes había cubanos residentes en EE.UU. y que dos figuraban en la lista terrorista que elabora anualmente el Gobierno cubano.
La identificación de los involucrados ya fue completada, de acuerdo con La Habana. Los cuatro fallecidos fueron señalados como Pavel Peña, Manuel Ortega Casanova, Levian Padrón Guevara y Héctor Juan Cruz Correa. Los seis heridos son Cristian Ernesto Acosta Guevara, Conrado Galindo Sariol, José Manuel Rodríguez Castelló, Leordan Cruz Gómez, Amijail Sánchez González y Roberto Álvarez Ávila. El propio viceministro reconoció además un error previo en la identificación de uno de ellos.
Más allá del intercambio diplomático, el caso revela la vieja costumbre del régimen de convertir cada hecho violento en combustible político. La Habana insiste en que Cuba ha sido víctima de incontables actos terroristas durante seis décadas y que la mayoría se han organizado desde Estados Unidos. Con ese relato, vuelve a colocar el conflicto en el terreno de la propaganda y la denuncia internacional, al tiempo que busca blindar su versión de los hechos.
El episodio también deja en primer plano la fragilidad de la frontera marítima cubana y la tensión permanente entre las autoridades de la isla y la comunidad de cubanos en el exilio. En un país donde el poder controla la información y usa el lenguaje de la seguridad nacional para cerrar filas, cualquier incursión armada termina convertida en prueba política, en acusación y en argumento para sostener el discurso de asedio que el castrismo explota desde hace décadas.

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