Cuba agrava la escasez de gasolina y gas licuado

La escasez de gasolina y gas licuado volvió a apretar en Cuba y dejó otra vez al descubierto la fragilidad de un régimen que no logra sostener el abastecimiento más básico. La dependencia total de las importaciones de petróleo se convierte en una condena diaria para la población, que paga con colas, parálisis y desorden el fracaso de esa gestión.

El golpe se siente en la calle y dentro de las casas. Sin combustible, el transporte se detiene y cocinar se vuelve un problema más en una isla donde la escasez ya dejó de ser una emergencia pasajera para convertirse en norma. El régimen intenta administrar la carencia como si fuera rutina, pero la realidad sigue imponiéndose con más fuerza que su propaganda.

La crisis también desnuda la incapacidad oficial para sostener lo elemental. Cuando un país depende por completo de lo que entra desde fuera para garantizar gasolina y gas licuado, cada ruptura en el suministro arrastra a millones a una incertidumbre que el aparato estatal no sabe ni puede resolver. Cuba sigue atrapada en esa lógica de dependencia, improvisación y desabastecimiento que castiga primero a la gente común.

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