La prensa oficial admite que Cuba no puede atender a todos sus vulnerables

La propia televisión oficial terminó diciendo en voz alta lo que el régimen trata de disimular con propaganda: Cuba no tiene presupuesto suficiente para atender a todas las personas vulnerables. Lo admitieron directivos de Trabajo y Seguridad Social en un reportaje del NTV sobre la atención social en La Habana, una confesión que deja al descubierto el tamaño real del abandono estatal.

El caso se mostró desde el merendero del municipio Plaza de la Revolución, donde adultos mayores, muchos de ellos solos y enfermos, van cada día a buscar comida. En ese municipio, el 34,6 % de la población es adulta mayor, una cifra que resume una realidad cada vez más pesada para el país: más ancianos, menos familia cerca y un Estado incapaz de responder con recursos propios.

La frase más reveladora vino de un directivo del sector: “Este presupuesto no es un presupuesto amplio que permita llegar a todas las personas; entonces se hace un estudio y se determina cuáles son las personas más vulnerables”. Traducido al idioma cubano de todos los días, eso significa que el régimen selecciona a quién ayuda y a quién deja afuera, porque no puede sostener ni siquiera la asistencia mínima que promete.

La presión sobre el Sistema de Atención a la Familia va en aumento. La administradora del programa en ese municipio dijo que cada día entre siete y ocho personas piden entrar al sistema. El propio aparato oficial reconoce que pasó de atender a 59.000 personas en 2023 a unas 67.000 a mediados de 2025, señal clara de que la necesidad crece mientras el Estado se encoge.

El reportaje también admitió que la atención a los vulnerables sigue siendo una tarea incompleta y que el universo de personas en esa condición no deja de crecer. Esa confesión importa porque desmonta el relato de suficiencia que el régimen intenta vender cada vez que habla de “protección social”. En Cuba, la red de asistencia pública ya no alcanza para tapar la pobreza, el envejecimiento ni el desgaste de un modelo que expulsó a los jóvenes y dejó a miles de viejos viviendo solos.

La consecuencia más dura la cargan los ancianos. Los comedores y merenderos sobreviven, además, gracias a donaciones privadas y de sectores como el cultural y el deportivo, que terminan sosteniendo lo que el Estado no resuelve. Ese vacío es político, no accidental: nace de un sistema que concentró poder durante décadas y dejó la economía sin aire para responder a las necesidades más básicas.

El propio testimonio de un beneficiario lo resume sin adornos: “Incluso hay veces que ha faltado hasta el agua y han tenido que ir a buscarla”. Esa escena dice más que cualquier discurso oficial. En el país más envejecido de América Latina, con una economía hundida y pensiones que no alcanzan ni para sobrevivir, el régimen sigue administrando la miseria en vez de resolverla.

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