El régimen cubano terminó por admitir la dimensión de su colapso energético al advertir a aerolíneas y pilotos que no puede garantizar combustible de aviación en varios aeropuertos del país, incluido el José Martí de La Habana. La medida, que entra en vigor el martes y se extiende al menos hasta el 11 de marzo, confirma hasta dónde ha llegado la asfixia económica que golpea a la isla.
La notificación oficial deja claro que el combustible no estará disponible en nueve aeropuertos durante ese periodo. El aviso llega en medio de un escenario cada vez más estrecho para el abastecimiento del país, marcado por la interrupción de envíos de petróleo procedentes de Venezuela y México, dos fuentes que el régimen ha dependido de manera crítica para sostener su aparato energético.
La presión internacional encabezada por Donald Trump ha endurecido todavía más ese cerco. A finales de enero, Washington firmó una orden ejecutiva que contempla aranceles a cualquier país que venda o facilite petróleo a Cuba, una amenaza que ya empieza a sentir el turismo, uno de los pocos sectores que aún le quedaban al castrismo para buscar divisas.
El golpe se refleja de inmediato en la aviación comercial. Las rutas de largo radio, en especial las que llegan desde países como Rusia o Canadá, enfrentan mayores dificultades. Air Canada anunció la suspensión de sus operaciones hacia la isla, mientras otras compañías han optado por retrasos o escalas técnicas en República Dominicana antes de continuar hacia La Habana.
La restricción al combustible de aviación expone también el deterioro del turismo, que durante años el régimen presentó como salvavidas económico. La falta de información pública sobre la duración real de estas medidas añade más incertidumbre a un sector ya debilitado, mientras las autoridades se limitan a imponer racionamientos sin explicar cómo piensan sostener el funcionamiento del país.
La crisis no se queda en los aeropuertos. El propio régimen anunció la reducción del horario bancario y la suspensión de actividades culturales, al tiempo que el transporte público en autobús quedó prácticamente paralizado en La Habana. Miles de cubanos siguen atrapados entre apagones prolongados, colas interminables y una escasez de combustible que ya desordena la vida diaria.
El ajuste forzado alcanzó incluso a eventos emblemáticos. La Feria Internacional del Libro de La Habana fue cancelada y la temporada nacional de béisbol tuvo que reorganizarse con criterios de ahorro. Las distribuidoras de combustible, además, informaron que dejarán de vender gasolina en pesos cubanos y la limitarán a dólares, con un máximo de 20 litros por persona.
A estas medidas se suman los recortes en el transporte por carretera y la reducción de frecuencias ferroviarias, señales de un deterioro que ya no se disimula. El jueves, Miguel Díaz-Canel apareció en la televisión durante dos horas para admitir el impacto de la situación y anunciar nuevas decisiones, pero su discurso no cambió la realidad de una población exhausta y sin respuestas.
Las sanciones de Estados Unidos contra Cuba llevan más de seis décadas, pero el endurecimiento reciente de la política de Washington ha acelerado la presión sobre una economía ya devastada por la mala gestión del régimen. Con los aeropuertos sin queroseno, el turismo en retroceso y el transporte nacional paralizado, el modelo castrista vuelve a mostrar su fracaso más elemental: ni siquiera puede sostener los pilares que decía controlar.
El régimen cubano admite que no puede garantizar combustible en varios aeropuertos, en medio de una crisis energética que golpea al turismo y paraliza la vida diaria.[8]Cubacrisis energéticaaeropuertoscombustibleturismorégimen cubanoDonald Trumpapagones
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