En Cuba, la rutina diaria quedó reducida a perseguir comida, agua y electricidad. Los apagones de más de 12 horas, el transporte paralizado y los precios disparados han convertido la vida en una carrera de resistencia que el régimen no resuelve y apenas intenta justificar.
Los testimonios recogidos por Reuters en distintos sectores alrededor de La Habana dibujan un país sometido a la precariedad. Vendedores callejeros, trabajadores estatales, taxistas y amas de casa describen la misma realidad: el salario ya no alcanza y cada jornada obliga a escoger entre comer, moverse o quedarse encerrado en casa.
La falta de combustible ha golpeado de lleno los servicios públicos y ha llevado el transporte a un punto de asfixia. Muchos choferes dejaron de operar; otros cobran en dólares, fuera del alcance de la mayoría. La movilidad dentro de la ciudad se convirtió en otro castigo impuesto por el derrumbe económico y por la incapacidad del Estado para sostener lo más básico.
La crisis eléctrica ya no se queda en las zonas más apartadas. La Habana, que durante un tiempo resistía mejor los cortes, también cayó en la oscuridad. En barrios como Guanabacoa y Marianao, los apagones han provocado accidentes por la falta de semáforos y han aumentado la inseguridad. Hay zonas donde la luz se corta por más de 12 horas, con el deterioro que eso arrastra para familias enteras.
Las filas para comprar pan, gasolina o alimentos básicos forman parte del paisaje cubano. La escasez se extiende mientras el régimen insiste en culpar a Washington y hablar de emergencia, pero la calle cuenta otra historia: un sistema agotado, sin combustible y sin respuesta para sostener la vida cotidiana de los cubanos.
“Estamos ahogados”, dijo una joven habanera. La frase resume el fondo de la tragedia: en Cuba ya no hay margen para vivir con dignidad, solo para sobrevivir entre oscuridad, hambre e impotencia.

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