Cuesta Morúa culpa al régimen por ahogar a Cuba

Manuel Cuesta Morúa volvió a poner el dedo en la llaga del desastre cubano: un régimen que ha llevado al país al colapso y, en vez de abrir espacios, responde con más control, más castigo y más represión. El opositor, recién elegido presidente del Consejo para la Transición Democrática en Cuba, defendió en entrevista con EFE que existe una mayoría social inclinada al cambio y que cualquier salida real tiene que nacer desde dentro de la Isla.

Según Cuesta Morúa, el 90 % de los cubanos quiere cambios. Esa cifra, más allá de su peso político, resume el divorcio entre la cúpula y la nación. El dirigente opositor habló de una transición democrática con soberanía, sin imposiciones externas, y acusó al poder de haber encerrado al país en una trampa geopolítica de la que tampoco sabe salir por voluntad propia.

Su diagnóstico sobre la élite gobernante fue demoledor. Dijo que no ve disposición para sentarse a negociar ni con los cubanos ni con la comunidad internacional, y describió a una dirección sin visión de Estado ni responsabilidad. Esa cerrazón explica la continuidad de un modelo que ha vaciado de sentido la vida pública y ha convertido la crisis económica en una herramienta de dominación.

Mientras la economía se hunde, con apagones prolongados, escasez de alimentos y transporte colapsado, el régimen mantiene la prioridad donde siempre la ha tenido: reprimir, silenciar y negar la liberación de más de mil presos políticos. La crisis material y la crisis de derechos caminan juntas en Cuba porque el poder se sostiene sobre la coerción, no sobre el consenso.

Cuesta Morúa también descartó que en Cuba exista una fisura comparable a la venezolana que permita una salida desde el propio aparato. Esa ausencia de interlocutores dentro del poder, afirmó, deja a la ciudadanía atrapada bajo un Estado que solo gobierna por la fuerza. La dictadura castrista ha hecho de esa rigidez una forma de supervivencia política.

Sobre el papel de Washington, el opositor pidió acompañamiento y respeto a la soberanía si algún día se abre una mesa de negociación entre cubanos. Al mismo tiempo, rechazó que la transición quede en manos de actores externos. También advirtió que la estrategia de ahogar a Cuba cortando petróleo y combustibles puede empujar al país a un estallido que solo fortalecería la maquinaria represiva del Estado y agravaría todavía más la tragedia humanitaria.

Frente a una salida militar, Cuesta Morúa insistió en una vía humanitaria: liberar presos políticos, abrir una negociación entre cubanos y desmontar el cerrojo económico que sostiene el control político. Su planteamiento apunta al corazón del problema: aliviar el sufrimiento de la gente y empezar a desmontar el aparato que ha secuestrado a la nación durante más de seis décadas.

También criticó el discurso belicista del régimen, que insiste en épicas vacías mientras la población se hunde en la precariedad. Para él, enfrascarse en una guerra destruiría la nación, y Cuba necesita ser recuperada, no sacrificada en nombre de la propaganda oficial.

Pese al cuadro de ruina, el opositor dice sostener su esperanza en un consenso tácito dentro de la sociedad: el país no puede seguir por el rumbo actual. Esa convicción se expresa en una realidad visible para cualquiera dentro de la Isla: apagones interminables, hospitales sin recursos, salarios que no alcanzan y una represión sistemática contra todo el que alce la voz. La crisis cubana responde al agotamiento de un sistema que se niega a cambiar y que solo encuentra una respuesta: más control y más cárcel.

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