Cuba amaneció otra vez bajo un colapso eléctrico de gran escala, con un déficit que ronda los 2,000 megavatios y deja al país entero atrapado en apagones generalizados. La Unión Eléctrica confirmó que el Sistema Eléctrico Nacional siguió afectado durante toda la jornada anterior y también en la madrugada, mientras la demanda volvió a rebasar por mucho la capacidad disponible.
La fotografía que dibujan las cifras oficiales es demoledora: a las 6:00 a.m. la disponibilidad era de apenas 1,155 MW frente a una demanda de 2,220 MW, para un faltante de 1,072 MW. En el horario pico, la propia empresa estatal prevé una afectación de 1,990 MW, con una generación estimada de 1,190 MW frente a una demanda máxima de 3,150 MW. En términos llanos, casi dos tercios del consumo nacional quedan sin respaldo.
La raíz de esta crisis está en un sistema eléctrico exhausto, castigado por años de falta de inversión y mantenimiento. El parte oficial reconoce seis unidades fuera de servicio por averías en Mariel, Santa Cruz, Felton y la central Antonio Maceo, además de tres bloques detenidos por mantenimiento en Mariel, Nuevitas y Cienfuegos. A eso se suman 379 MW limitados por problemas en la generación térmica, una cifra que evidencia cuánto se ha deteriorado la base misma del servicio.
Ni siquiera la entrada prevista de la unidad 3 de Rente, con 35 MW, cambia el panorama. El aporte de los 51 parques solares fotovoltaicos, que generaron 4,132 MWh y alcanzaron 602 MW en el horario de mayor irradiación, alivia apenas una parte del golpe. El régimen sigue presentando esas cifras como avance, pero la realidad es otra: la producción renovable no compensa el derrumbe acumulado de las termoeléctricas ni la incapacidad de sostener una red confiable.
La Habana vive el mismo castigo, aunque con su propia cuenta de horas perdidas. La Empresa Eléctrica de la capital informó que el lunes el servicio estuvo interrumpido durante 18 horas y 15 minutos, con una máxima afectación de 360 MW en la noche. También admitió que hubo que cortar 60 MW por emergencia y que no fue posible restablecer el servicio por el déficit nacional. Al cierre de su aviso seguían afectados seis bloques y circuitos de emergencia, con 294 MW aún fuera de servicio.
Ese desorden eléctrico golpea la vida diaria de los cubanos en cada casa, en cada barrio y en cada economía familiar que ya viene rota por la escasez. Sin corriente no hay agua estable, no se conserva la comida, no se mueve la producción y tampoco se descansa. El apagón dejó de ser un incidente aislado para convertirse en una forma de vida impuesta por un régimen que administró la ruina energética durante años y ahora intenta normalizarla con partes oficiales y promesas de recuperación que no llegan.
El déficit cercano a los 2,000 MW confirma que la crisis no responde a un mal día ni a una avería puntual. Cuba carga hoy con un sistema eléctrico agotado hasta el límite, incapaz de sostener la demanda básica de la población y convertido en símbolo del fracaso estructural del castrismo para garantizar un servicio elemental.

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