Dos derrumbes en La Habana Vieja dejan viviendas al borde del colapso

La Habana Vieja volvió a mostrar esta vez, con dos derrumbes parciales en menos de 24 horas, la ruina en que el régimen ha dejado el fondo habitacional de la capital. Los incidentes ocurrieron en Muralla y Teniente Rey, y por muy poco no terminaron en tragedia.

El primer colapso fue la noche del lunes en un inmueble de Aguiar, esquina Muralla, donde se desprendió parte del baño de una vivienda. En el lugar vivía una joven con su hija, pero ambas pasaron la noche fuera por las lluvias y por el temor, bien fundado, de que la estructura cediera. Esa decisión les salvó la vida.

Vecinos del edificio conocen desde hace años el estado de abandono del inmueble. Grietas profundas, filtraciones, desprendimientos y apuntalamientos improvisados forman parte de la rutina de quienes siguen allí porque no tienen adónde ir. Las alertas se repiten, y la respuesta oficial sigue sin aparecer.

La mañana siguiente, alrededor de las 6:00 am, otro derrumbe parcial sacudió la calle Teniente Rey, entre Aguacate y Villegas. Esta vez cayó por completo el alero de la azotea de un edificio y quedaron comprometidos, al menos, seis apartamentos. Bomberos acudieron al lugar, pero los vecinos denunciaron la ausencia de funcionarios del gobierno local y de las autoridades de Vivienda para evaluar el daño y ofrecer una salida inmediata.

Los dos casos se suman a una cadena de colapsos que ha dejado muertos, heridos y familias sin techo en La Habana durante los últimos años. La Habana Vieja carga con una de las realidades más duras del país: construcciones centenarias, sin mantenimiento, con deterioro acumulado y miles de personas obligadas a vivir entre paredes vencidas, techos apuntalados y pisos hundidos.

Muralla 212 ya era un símbolo de ese abandono. Desde al menos 2018, sus residentes habían denunciado pisos hundidos, paredes desprendidas, falta de agua, ratas, mosquitos y la negativa de las autoridades a darles una solución digna. Las respuestas oficiales se reducían a albergues improvisados en la periferia, espacios rechazados por las familias por las condiciones miserables que ofrecían.

Ocho años después, el mismo drama sigue intacto. Cambian los derrumbes, cambian las direcciones, pero el patrón es el mismo: aviso temprano, negligencia estatal y peligro para la gente pobre que vive atrapada en edificaciones que se caen a pedazos. Mientras la construcción de hoteles avanza sin freno, barrios enteros del centro histórico permanecen condenados al colapso.

La crisis de la vivienda en Cuba lleva décadas en manos de un Estado que no garantiza soluciones reales ni protege a las familias que sobreviven en ruinas. Cada derrumbe en La Habana Vieja confirma ese fracaso y deja al descubierto la indiferencia de un régimen que administra la miseria, pero no resuelve la emergencia.

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