Díaz-Canel blinda la dependencia de Venezuela con discurso de “hermandad”

En medio de la crisis que ahoga a Cuba y de la presión creciente de Washington, Miguel Díaz-Canel salió a defender el vínculo con Venezuela con el lenguaje de siempre: solidaridad, integración y hermandad. El gobernante intentó negar que La Habana dependa de Caracas, aunque sus propias palabras dejaron al desnudo cuánto pesa esa relación en la supervivencia del régimen.

Ante representantes de medios nacionales y de agencias alineadas con gobiernos aliados, el mandatario afirmó que la relación entre Cuba y Venezuela “no se puede catalogar como una relación de dependencia”. Según su versión, el acuerdo bilateral va mucho más allá del intercambio de mercancías y servicios y se extiende a áreas como energía, soberanía alimentaria, educación, telecomunicaciones, minería, industria y cultura.

La defensa de ese andamiaje político y económico no cayó en el vacío. Díaz-Canel lo presentó como una alianza “solidaria” y “de integración”, y remató su discurso con la vieja liturgia del castrismo: aseguró que ese proyecto es el que “soñó Martí” y “soñó Bolívar”, mientras atribuyó su impulso a Hugo Chávez y Fidel Castro. La operación propagandística es transparente: maquillar como epopeya histórica un arreglo que ha servido para sostener al poder cubano cuando la economía interna se hunde.

El gobernante también reivindicó mecanismos regionales como el ALBA-TCP y PetroCaribe, a los que atribuyó “éxitos sociales” y un supuesto enfoque de justicia social. Esa narrativa choca con la realidad de la Isla, donde el apagón prolongado, la escasez de alimentos y medicinas, la inflación y el éxodo migratorio siguen marcando la vida cotidiana de millones de cubanos.

La dependencia de Caracas ha sido durante años uno de los pilares que ha permitido al régimen amortiguar su colapso energético y aplazar decisiones de fondo. Por eso resulta tan revelador que Díaz-Canel insista en negarla mientras protege una relación que ha sido clave para el sostén político de la dictadura. El discurso de hermandad busca esconder una verdad incómoda: sin ese soporte externo, el castrismo quedaría aún más expuesto ante su fracaso económico y su aislamiento.

Las declaraciones llegan además en un momento de tensión con Estados Unidos, tras las nuevas medidas dictadas por Donald Trump. En vez de responder con soluciones para la crisis interna, el régimen vuelve a refugiarse en la propaganda ideológica y en sus alianzas con gobiernos afines, una fórmula vieja que ya no resuelve nada dentro de Cuba.

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