Miguel Díaz-Canel volvió a los medios oficiales este martes después de un fin de semana de silencio en público y en sus redes, y lo hizo para exhibir respaldo político de una delegación extranjera afín al castrismo. La escena ocurrió en La Habana, durante un encuentro con la Asamblea Internacional de los Pueblos, una plataforma de grupos de izquierda que el régimen usa para vestir de solidaridad lo que en la práctica es propaganda internacional.
El gobernante recibió a la comitiva encabezada por el brasileño Joao Pedro Stedile y aprovechó la reunión para insistir en el libreto de siempre: lucha “antiimperialista”, “anticapitalista” y “anticolonial”. La frase con la que dijo sentirse “muy motivado y emocionado” por la visita dejó claro el objetivo político del acto: mostrar acompañamiento ideológico en medio de una Cuba hundida en la crisis económica y social.
La visita incluyó recorridos por instituciones políticas y culturales, además de encuentros con organizaciones ligadas al aparato del régimen. También se firmó un acuerdo de intercambio y cooperación entre el Partido Comunista de Cuba y el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil, una señal más de cómo La Habana sigue apostando por la foto y la consigna mientras el país se desangra por dentro.
Díaz-Canel también reapareció en X con un video de la reunión y aseguró que la delegación vino a reafirmar el respaldo a su gobierno. El mensaje encaja con una estrategia vieja: buscar legitimidad afuera cuando adentro faltan alimentos, servicios, libertades y respuestas. La crisis cubana no se resuelve con visitas de militantes extranjeros ni con turismo político en hoteles y edificios oficiales.
Su ausencia de las redes desde el 8 de marzo, salvo mensajes breves y de rutina, quedó ahora tapada con una puesta en escena cuidadosamente administrada por la propaganda oficial. El régimen vuelve a mostrar sus prioridades: sostener la narrativa ideológica, blindar sus alianzas de izquierda y seguir ignorando la realidad cotidiana de los cubanos, que pagan el costo de una dirección política desconectada del país que dice gobernar.

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