Díaz-Canel respalda a Irán y condena a EE.UU.

La cúpula del régimen cubano volvió a colocarse del lado de Teherán este jueves cuando Miguel Díaz-Canel y Bruno Rodríguez visitaron la embajada de Irán en La Habana para firmar el libro de condolencias por la muerte de Ali Khamenei y ratificar su apoyo al régimen islámico en medio de los ataques de Estados Unidos e Israel.

El gesto tiene peso político porque confirma una vez más la línea exterior de La Habana: abrazar a gobiernos autoritarios y convertir cada choque internacional en una tribuna ideológica contra Washington. Mientras otros aliados de Irán en la región midieron su reacción, el castrismo salió a condenar de frente a Estados Unidos y a Israel, y presentó los bombardeos como una violación del derecho internacional y de la dignidad humana.

En el libro de condolencias, Díaz-Canel expresó “profundo dolor y pesar” por lo que calificó como el asesinato del “líder supremo” iraní a manos de Estados Unidos e Israel. También lo describió como un “estadista destacado” que habría contribuido a consolidar las relaciones entre ambos países. Bruno Rodríguez reforzó esa línea en una llamada con su homólogo iraní, a quien le reiteró el “apoyo inquebrantable” de Cuba frente a lo que definió como una agresión grosera contra Irán y la Carta de la ONU.

La escena dice mucho más que un simple trámite diplomático. La dirección del país insiste en invertir autoridad, tiempo y discurso en causas externas mientras dentro de Cuba persisten los apagones, la escasez y el malestar social. La maquinaria oficial se mueve con rapidez para sostener aliados lejanos, pero no ofrece respuestas serias a la ruina diaria que carga la gente en la isla.

La prensa oficial, encabezada por Granma, presentó la visita como un acto de solidaridad entre pueblos y gobiernos. En la práctica, fue otra muestra del reflejo del castrismo: cerrar filas con regímenes que comparten la misma lógica de poder concentrado, propaganda y control, y usar la política internacional como escudo para disfrazar su propio fracaso interno.

El episodio también deja al descubierto el recurso habitual del régimen cubano cuando necesita afirmarse: la retórica antiestadounidense y la alianza con gobiernos que le garanticen respaldo político. En vez de defender a los cubanos con resultados dentro del país, la cúpula vuelve a refugiarse en la confrontación externa y en una diplomacia de trinchera que alimenta su narrativa, pero no resuelve nada en la vida real de la isla.

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