La Cancillería de la República Dominicana confirmó que Cuba, Nicaragua y Venezuela no recibirán invitación para la X Cumbre de las Américas, prevista para el 4 y el 5 de diciembre en Punta Cana. La decisión deja fuera a tres regímenes que el continente conoce bien por su rechazo a los estándares democráticos y por su distancia creciente respecto a la OEA.
El comunicado oficial intenta envolver la medida en lenguaje diplomático. Habla de inclusividad, de diálogo hemisférico y de la necesidad de asegurar una convocatoria amplia. Pero el fondo es claro: Santo Domingo decidió cerrar el paso a gobiernos que han hecho de la polarización, el control político y el aislamiento institucional una marca de su poder. En el caso cubano, la exclusión vuelve a exponer el costo internacional del castrismo, que insiste en reclamar espacios multilaterales mientras mantiene al país sometido a censura, represión y miseria.
La Cancillería dominicana recordó que en otras ocasiones esos países sí fueron invitados a citas regionales celebradas en su territorio, como la Cumbre Iberoamericana de 2023 y la reunión de la Celac en 2017. Ahora, sin embargo, el Gobierno dominicano sostiene que la coyuntura hemisférica obliga a priorizar el éxito del encuentro y a favorecer la mayor participación posible de países, aun a costa de dejar fuera a tres gobiernos que no forman parte de la OEA y que tampoco asistieron a la edición anterior de la cumbre.
El texto oficial insiste en que la decisión responde a un criterio estrictamente multilateral. También describe las relaciones bilaterales con cada uno de esos Estados como distintas. Con Cuba, dice, son históricas, sólidas y excelentes. Con Nicaragua, las califica de cordiales. Sobre Venezuela, recuerda que Santo Domingo no ha reconocido la legitimidad de las dos últimas elecciones presidenciales y que, junto con otros países, exigió revisar los resultados de los comicios más recientes, ampliamente cuestionados.
Más allá del tono protocolar, la exclusión confirma una realidad incómoda para La Habana: cada vez cuesta más presentar al régimen cubano como un actor aceptable dentro de los foros democráticos del continente. La dictadura ha tratado durante años de mantener presencia internacional sin asumir responsabilidades internas, y esa contradicción termina golpeándola también fuera de la isla. En Punta Cana, esa fractura vuelve a quedar expuesta.

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