Ecuador expulsa a diplomáticos cubanos y La Habana acusa a Noboa

La expulsión de todo el personal diplomático, consular y administrativo cubano en Ecuador abrió un choque directo entre Quito y La Habana, y el régimen reaccionó con una descarga política contra el presidente Daniel Noboa. Bruno Rodríguez vinculó la medida con presiones de Estados Unidos y la presentó como una maniobra ajena al Derecho Internacional, mientras el gobierno ecuatoriano defendió su decisión con acusaciones de injerencia cubana en asuntos internos.

La respuesta de La Habana llegó cargada de propaganda y de victimismo conocido. Rodríguez habló de “pretextos fabricados” y de mentiras cínicas, pero el punto de fondo quedó sobre la mesa: Ecuador sacó a toda la misión cubana de su territorio y lo hizo después de señalar supuestas actividades políticas de funcionarios de la isla. Para el castrismo, cada golpe diplomático termina convertido en denuncia contra Washington; para el país, cada nueva expulsión deja otra vez al descubierto el costo exterior de una maquinaria política que se mete donde no debe y luego se ampara en el discurso de la agresión extranjera.

El gobierno cubano quiso convertir el caso en un alegato contra la presión de Estados Unidos sobre terceros países. Sin embargo, el episodio también recuerda que la credibilidad de la diplomacia cubana viene en caída libre en buena parte de la región. Cuando un gobierno latinoamericano decide expulsar a toda una representación oficial cubana por sospechas de intervención política, el daño no recae solo sobre unos funcionarios en Quito: golpea la imagen internacional del régimen y alimenta la desconfianza sobre el uso político de sus embajadas.

La Habana defendió a sus representantes con el argumento de que han cumplido la ley ecuatoriana y que no intervienen en asuntos internos. Noboa, por su parte, respaldó la expulsión en supuestas evidencias recopiladas por las autoridades de su país y apuntó a una “bastante injerencia” cubana en actividades políticas, de disidencia y hechos violentos. Esa acusación, aunque no haya sido detallada públicamente en todos sus extremos, fue suficiente para llevar la relación bilateral a un punto de quiebre.

El choque tuvo un eco mayor porque el canciller cubano recordó además el asalto a la embajada de México en Quito, cuando fuerzas policiales y militares irrumpieron para capturar a Jorge Glas. Con ese antecedente, La Habana trató de pintar al gobierno ecuatoriano como un actor dispuesto a violentar reglas internacionales. Pero el cuadro completo muestra otra cosa: Ecuador endurece su postura frente a Cuba mientras el régimen vuelve a quedar expuesto por su vieja costumbre de mezclar diplomacia, control político y propaganda.

La disputa deja una señal incómoda para La Habana. Mientras acusa a Noboa de servir a intereses de Washington, su red exterior vuelve a quedar bajo sospecha y su discurso de no injerencia choca con la reacción de otro país que decidió cerrarles la puerta. El régimen pierde espacio, pierde autoridad moral y vuelve a responder con la misma fórmula de siempre: culpar a otros de una crisis diplomática que lo señala directamente.

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