Estados Unidos cerró la puerta a nuevas entregas de petróleo ruso para Cuba mientras dos buques cargados de combustible avanzan hacia la isla. La medida, aplicada por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), golpea de lleno a un país ya hundido en apagones, escasez y una recesión que el propio texto sitúa al borde de un colapso parecido al de los años noventa.
El movimiento de Washington llega en el peor momento para La Habana. El miércoles, la firma Windward detectó al Sea Horse, un tanquero con bandera de Hong Kong, rumbo a Cuba con unos 190.000 barriles de gasoil ruso. La misma empresa señaló que la nave navegaba con prácticas encubiertas, entre ellas el apagado de sus sistemas de posicionamiento, y sin seguro occidental, un patrón que apunta a la evasión de sanciones. Al mismo tiempo, el Anatoly Kolodkin, petrolero ruso ya sancionado, lleva 730.000 barriles de crudo con destino a la isla, según Kpler.
La escena revela otra vez la fragilidad energética del régimen, que vive pendiente de cargamentos externos para sostener un sistema eléctrico deshecho por su propia ineficiencia y por décadas de dependencia política. Cuando se corta el suministro venezolano y se cierran los márgenes con Moscú, la factura cae sobre el cubano de a pie: más apagones, más parálisis económica y más presión sobre hogares, hospitales y transporte.
Washington había autorizado de forma temporal la compra de petróleo ruso varado en altamar como una salida excepcional para estabilizar los mercados tras la guerra en Irán. Esa excepción quedó sin efecto para Cuba, y la nueva prohibición endurece la presión sobre un régimen que sigue sin tener una respuesta propia para la crisis energética. Mientras el aparato oficial habla de “resistencia inflexible”, la realidad en la isla vuelve a depender de barcos que entran por la sombra y de socios extranjeros cada vez más arriesgados.
Rusia, por su parte, insiste en mantener el respaldo político y financiero a La Habana, en nombre de una alianza que ya no resuelve la economía cubana, solo prolonga su dependencia. La decisión de la OFAC deja al descubierto el callejón donde el castrismo ha metido al país: sin combustible estable, sin dinero suficiente y sin capacidad para garantizar una vida mínimamente normal a la población.
El resultado inmediato es más asfixia para una Cuba que ya vive entre apagones y recesión. Y el trasfondo político es claro: cada vez que el régimen pierde una fuente de petróleo, pierde también otra muleta para sostener un modelo agotado que sigue trasladando su fracaso a la gente.

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