La presión internacional sobre el régimen de Irán subió de tono este sábado, mientras Washington cerró filas con los manifestantes que llevan días desafiando la represión en las calles. La respuesta de Teherán ha sido la de siempre: cortar el Internet, desatar la violencia y culpar a supuestos agitadores externos para ocultar su propio derrumbe moral.
En Truth Social, Donald Trump aseguró que Irán “está mirando hacia la libertad” y añadió que Estados Unidos está listo para ayudar. El secretario de Estado, Marco Rubio, también expresó respaldo al pueblo iraní y colocó al régimen frente al espejo de su propia brutalidad, justo cuando intenta aplastar las protestas con el aparato de fuerza.
El Departamento de Estado informó en su servicio persa que, en la jornada número 13 de las manifestaciones, el régimen desplegó terroristas de Hezbolá y milicianos iraquíes para reprimir protestas pacíficas. Esa acusación describe un patrón conocido en las dictaduras que se sienten amenazadas: recurren a la violencia, externalizan la culpa y convierten la calle en un campo de castigo.
Desde el lado militar, Irán respondió con una retórica de guerra. Su Ejército prometió llegar hasta el final para proteger el interés nacional y desarticular lo que considera una conspiración orquestada por Estados Unidos e Israel. En su comunicado, recogido por la agencia Tasnim, llamó a la nación a frustrar los complots del enemigo mediante la vigilancia, la unidad y la cohesión. El lenguaje revela un poder acorralado, empeñado en presentar como amenaza extranjera la protesta de su propio pueblo.
El costo humano ya es alto. HRANA, la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos, calcula al menos 65 muertos, mientras fuentes médicas citadas por Time elevaron la cifra de manifestantes fallecidos a unos 217. La misma organización afirma que 2.311 personas han sido arrestadas desde que comenzaron las protestas el 28 de diciembre.
La otra cara de la represión fue el apagón digital. Reportes de Cloudflare Radar y NetBlocks confirmaron que Irán se mantiene bajo un corte nacional de Internet que supera las 48 horas. La desconexión, que comenzó el 8 de enero, aisló por completo al país del internet global y dejó al descubierto una maniobra dirigida desde el poder para limitar la comunicación, impedir la coordinación de las marchas y bloquear la mirada internacional sobre lo que ocurre dentro de sus fronteras.
Mientras tanto, la diáspora iraní y grupos de derechos humanos han salido a las calles en varias ciudades del mundo. Hubo concentraciones en Los Ángeles, Berlín, Bruselas, Nueva York y París, con llamados a condenar la represión y respaldar el derecho a protestar pacíficamente. En paralelo, dentro de Irán y fuera de él, las consignas contra el ayatolá Alí Jamenei y los símbolos oficiales del régimen muestran que la crisis ya trascendió el descontento pasajero: se ha convertido en un desafío directo al poder teocrático.

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