Doris Santiesteban lleva meses pidiendo que no se deje caer en el olvido el caso de su esposo, Ernesto Ricardo Medina, y de Kamil Zayas Pérez, los dos jóvenes de El4tico detenidos en Holguín por los videos en los que hablaban sobre la realidad cubana. Su reclamo expone de nuevo el costo humano de la censura en Cuba: una familia rota, una niña que vio el arresto y dos muchachos esperando juicio tras una acusación que puede llevarlos hasta nueve años de cárcel.
Medina y Zayas fueron arrestados el 6 de febrero por agentes de la Seguridad del Estado. El régimen los acusa de propaganda contra el orden constitucional e instigación a delinquir, cargos usados una y otra vez para castigar la expresión independiente y convertir la opinión en delito. Lo que ellos grababan, desde un pequeño espacio de su casa que llamaban “El4tico”, eran comentarios sobre el país, el mismo derecho que cualquier cubano ejerce en una esquina, en un parque o en la cola de la bodega sin que eso deba terminar en una celda.
Santiesteban ha intentado mover recursos dentro del sistema judicial cubano, incluyendo un habeas corpus y varias apelaciones. La respuesta, según cuenta, ha sido que el caso sigue en investigación. Mientras tanto, ambos permanecen recluidos en el Centro de Instrucción Penal de Holguín, sin fecha de juicio. Esa indefinición es parte del castigo: el régimen encierra, posterga y mantiene a las familias atrapadas en una espera que no resuelve nada.
La esposa de Medina también carga con la escena que más la golpeó: el arresto delante de la niña pequeña de la pareja. La menor vio cómo la policía se llevaba a su padre esposado y desde entonces pregunta por él, se afecta, deja de comer y vive la ausencia como solo puede vivirla una niña. La represión cubana no se limita al detenido; entra en la casa, se instala en la mesa y marca a los hijos.
En su defensa, Santiesteban insiste en que los dos jóvenes solo dieron su opinión. También describe a Medina como una persona bondadosa, solidaria y creyente, sostenido incluso en prisión por su fe religiosa. Su testimonio deja al desnudo una realidad conocida por los cubanos: cuando el poder decide perseguir una voz independiente, no solo busca callar a un creador o a un activista, también castiga a la familia que queda afuera, impotente, sin respuestas y con la vida suspendida.

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