La escalinata de la Universidad de La Habana volvió a ser escenario de protesta este lunes, cuando un grupo de estudiantes se plantó contra las clases a distancia impuestas por la crisis eléctrica y la falta de conectividad en el país. La sentada dejó al descubierto el malestar acumulado dentro de la enseñanza superior y la respuesta habitual del régimen: vigilancia, presión y silencio oficial.
Los universitarios rechazaron seguir con un modelo docente que, en la práctica, depende de una internet inestable y de un servicio eléctrico que se cae a diario. En Cuba, pedir clases virtuales sin luz ni conexión es cargar sobre los estudiantes el costo de un desastre que no provocaron. Es también otra muestra de cómo el aparato estatal intenta maquillar el colapso del país con soluciones improvisadas que solo trasladan el problema al aula y a la familia.
Según reportes difundidos en redes sociales, la protesta nació después de que los reclamos estudiantiles no fueran atendidos. Fuentes citadas por el comunicador Magdiel Jorge Castro dijeron que el descontento no se limita a la Universidad de La Habana y alcanza a centros como la CUJAE y la Universidad de las Ciencias Informáticas. El malestar, por tanto, no es un episodio aislado ni una rabieta puntual: expresa el agotamiento de una generación obligada a estudiar en medio de apagones, interrupciones y promesas vacías.
Horas más tarde, el corresponsal de CNN en La Habana, Patrick Oppmann, confirmó que los estudiantes entraron en la universidad para reunirse con funcionarios. La respuesta del régimen fue la de siempre. Agentes de la Seguridad del Estado rodearon a los jóvenes, cortaron el internet en la zona y, de acuerdo con la organización Ciudadanía y Libertad, redujeron mediante una llave a un estudiante de la UH que no fue identificado. La activista Miryorly García también difundió imágenes de la presencia policial y de un ómnibus usado desde hace años para reprimir.
Mientras eso ocurría, la universidad pública publicó un comunicado en sus redes sin mencionar la protesta y prometió “espacios de intercambio semanales” entre estudiantes y direcciones para dar seguimiento al proceso docente-educativo. Esa salida burocrática deja claro el método: ignorar el conflicto real, envolverlo en lenguaje administrativo y seguir administrando la crisis como si la inconformidad fuera un detalle menor. En la práctica, la sentada mostró que los estudiantes ya no se conforman con discursos ni con fórmulas vacías, y que el costo de la crisis eléctrica también golpea a los centros donde el régimen presume formación y futuro.

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