Rosa María Payá y Orlando Gutiérrez Boronat presentaron en Miami el Acuerdo de Liberación, una propuesta del exilio que busca trazar una ruta de transición para Cuba basada en la reunificación nacional, la desmilitarización y una reforma institucional de fondo.
El anuncio importa porque coloca en público una discusión que el régimen trata de bloquear: qué país quedaría después del castrismo y cómo reconstruirlo sin la maquinaria de control que ha sostenido al poder durante décadas. La iniciativa intenta ordenar esa salida con un marco político y dejar asentado que cualquier cambio real pasa por desmontar la estructura que ha sometido a la isla a la obediencia, la censura y el miedo.
La propuesta parte de una verdad que los cubanos conocen por experiencia propia. La fractura nacional fue cultivada desde arriba con vigilancia, represión y una vida pública cerrada para toda voz independiente. Hablar de reunificación y desmilitarización apunta a revertir ese diseño y a abrir espacio para instituciones civiles, algo que el sistema vigente nunca ha permitido con libertad ni con garantías.
Desde Miami, el exilio vuelve a ocupar un lugar que la oposición interna ha perdido por la persecución y el cerco político. El Acuerdo de Liberación intenta llenar ese vacío con una agenda de transición que mira al día después de la dictadura y coloca en el centro las reformas que el régimen niega, posterga o sabotea.
También hay una lectura más amplia en este movimiento: la diáspora sigue empujando soluciones mientras la cúpula gobernante insiste en perpetuarse y cerrar cualquier salida ordenada. La propuesta recoge el desgaste acumulado de un sistema que ha empujado a generaciones enteras al desencanto, al exilio y a la ruptura con la vida política del país.

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