La brigada médica cubana que trabajó en Honduras desde 2024 regresó a La Habana después de que el Gobierno hondureño decidiera no renovar el contrato de cooperación. El grupo, de 172 profesionales de la salud, fue recibido en el aeropuerto José Martí por funcionarios del Ministerio de Salud Pública, que volvieron a vestir con tono triunfal una salida que golpea un negocio clave del régimen.
La decisión de Tegucigalpa afecta una de las fuentes de divisas más sensibles para la economía cubana. La exportación de servicios profesionales sigue entre los tres principales ingresos del país, junto con el turismo y las remesas, y cada contrato que se cae le mete presión a una caja estatal ya maltrecha. En La Habana, donde faltan salarios, medicinas y personal, esa dependencia dice mucho más que cualquier discurso sobre solidaridad.
Granma trató de presentar el fin del convenio como un resultado de las presiones de Estados Unidos. Pero el hecho central está a la vista: Honduras no renovó el acuerdo y la brigada se fue. El régimen intenta convertir cada revés en propaganda, aunque el desenlace confirme el desgaste de un modelo que mezcla diplomacia, control político y captación de divisas a costa del trabajo de sus profesionales.
El contrato se firmó el 1 de febrero de 2024 por dos años y permitía modificaciones o terminación por mutuo consentimiento en cualquier momento. Los médicos y técnicos cubanos fueron contratados por la Secretaría de Planificación Estratégica para cubrir el déficit de especialistas en el sistema público hondureño y trabajaron en los hospitales Escuela y Catarino Rivas, además de zonas rurales y urbanas distantes.
La presencia de la brigada también provocó rechazo dentro de Honduras. El Colegio Médico cuestionó que los profesionales no contaran con la certificación debida ante la entidad y criticó el pago de 1.600 dólares mensuales por cada médico cubano, al considerar que esos recursos y plazas debían quedar en manos de especialistas locales, muchos de ellos desempleados o despedidos injustificadamente.
Los medios oficiales cubanos insistieron en exhibir cifras enormes sobre la labor de la misión: más de 30 millones 300.000 casos atendidos, unas 853.400 intervenciones quirúrgicas, 175.000 partos y 253.282 vidas salvadas, según el Minsap. También recordaron que Cuba colabora con Honduras en ese sector desde 1974, cuando azotó el huracán Fifí. Esa memoria oficial sirve para sostener la imagen de una cooperación altruista, pero no borra el uso político y económico que el castrismo ha hecho durante décadas de sus brigadas médicas.
La salida de Honduras se suma a la de una decena de países caribeños y centroamericanos que en el último año cerraron o redujeron sus contratos con Cuba bajo la presión de Washington, que acusa a esas misiones de funcionar bajo esquemas de trabajo forzado. Para el régimen, el golpe es doble: pierde ingresos y pierde otra pieza del relato con el que ha intentado vender como solidaridad lo que también opera como fuente estatal de dinero duro.
El regreso de los 172 cooperantes deja al desnudo la fragilidad de ese mecanismo. Mientras el aparato oficial trata de maquillar la pérdida con consignas, dentro de la isla sigue intacta la crisis que empuja a miles de médicos a sobrevivir con salarios miserables y a una población que apenas encuentra atención digna en sus propios hospitales.
La brigada médica cubana regresó de Honduras tras la no renovación del contrato. La decisión golpea las divisas del régimen y su negocio de misiones.[8][

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