La despedida al reverendo Jesse Jackson volvió a poner sobre la mesa su vieja cercanía con La Habana. A sus funerales asistieron Bill Clinton, Barack Obama y Joe Biden, tres expresidentes demócratas que lo homenajearon como una figura central de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y también como un hombre que se movió durante años en la órbita del régimen cubano.
Obama lo presentó como un precursor. Recordó que sus campañas presidenciales de los años 80 abrieron camino a otros afroamericanos en la política y explicó que Jackson le hizo sentir a un joven de 22 años, hijo de madre soltera, que también podía entrar en espacios que antes parecían cerrados. Clinton, por su parte, subrayó su amistad de décadas y su papel como presionador constante para ampliar derechos y oportunidades para las minorías. Biden lo definió como un hombre de Dios y del pueblo, convencido de la promesa de igualdad en Estados Unidos.
Jackson murió el 17 de febrero, a los 84 años, y sus hijos lo recordaron como un líder servidor de los oprimidos y de los que no tienen voz. En vida, además de su activismo interno, dejó una huella particular en la relación entre Washington y La Habana por sus viajes a Cuba y por el trato que sostuvo con Fidel Castro.
Ese vínculo no fue menor. En 1984 viajó a La Habana y negoció con Castro la liberación de 22 estadounidenses y 26 presos políticos cubanos. Según el dato recogido, habría pedido además la salida de unas 50 personas, a partir de una lista alimentada por organizaciones como la Fundación Nacional Cubano Americana y Amnistía Internacional. Durante aquella visita, Castro entró por primera vez en 27 años a una iglesia, en un templo metodista, un gesto que líderes religiosos cubanos tomaron como señal de un acercamiento entre el Estado y las instituciones religiosas.
En 2013, Jackson regresó a la capital cubana para abogar por la liberación del contratista estadounidense Alan Gross, entonces preso del régimen de Castro, y para buscar otras vías de diálogo entre ambos gobiernos. Su papel quedó así marcado por una diplomacia informal que lo llevó a tocar puertas en La Habana mientras la dictadura seguía usando a los presos como moneda política y como instrumento de presión internacional.
La reacción de Donald Trump, que lo describió como un hombre con personalidad, coraje e inteligencia, añadió otra capa al homenaje póstumo. Pero el dato más duradero para Cuba sigue siendo otro: Jackson fue parte de una relación con el castrismo que convivió con gestos de apertura, negociaciones puntuales y la misma lógica de control que el régimen nunca abandonó. Su funeral recordó a un líder influyente en la política estadounidense; también reabrió la memoria de los años en que La Habana se prestaba para esas maniobras mientras mantenía intacta su maquinaria represiva.

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