El senador Tim Kaine salió de la derrota en el Senado con una conclusión clara: seguirá empujando resoluciones para recortar los poderes de guerra de Donald Trump. La ofensiva legislativa que buscaba frenar una eventual escalada militar en Venezuela cayó esta vez, pero el demócrata de Virginia dejó claro que no piensa bajarse de esa pelea.
Kaine insiste en que todavía puede arrastrar apoyos republicanos si mantiene la presión en el Congreso. Su estrategia apunta a multiplicar las resoluciones de poderes de guerra y a forzar votos incómodos para la Casa Blanca, un terreno en el que ya ha encontrado fisuras dentro del propio Partido Republicano.
El revés más reciente llegó tras un pulso por Venezuela, donde cinco senadores republicanos se apartaron de la línea de su partido para avanzar la medida. La maniobra terminó desarmada por la presión de la dirección republicana, Trump y funcionarios de su administración. Dos de esos legisladores, Todd Young y Josh Hawley, dieron marcha atrás después de recibir garantías de Marco Rubio de que no habrá tropas estadounidenses en territorio venezolano.
En el caso de Young, la promesa quedó por escrito. Rubio le aseguró que, si Trump decidiera introducir a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en operaciones militares mayores en Venezuela, buscaría autorización del Congreso antes de actuar, “si las circunstancias lo permiten”.
Kaine calificó el empuje contra su resolución como una presión total desde la cúpula republicana y la propia Casa Blanca. Aun así, sostuvo que esas grietas siguen abiertas y que su intención es ensancharlas con nuevas iniciativas para desafiar emergencias, guerras no autorizadas, informes de derechos humanos y transferencias de armas.
El trasfondo de esta pulseada va más allá de un voto puntual. La discusión vuelve a colocar sobre la mesa hasta dónde puede llegar un presidente de Estados Unidos en materia militar sin rendir cuentas al Congreso. En el caso de Venezuela, el debate también refleja el intento de frenar aventuras de poder que terminan afectando a toda la región y sirviendo de excusa para nuevas tensiones internacionales.
Kaine ya había probado esa ruta después del ataque ordenado por Trump en 2020 que mató al general iraní Qassem Soleimani. Entonces logró sumar ocho votos republicanos en un Senado controlado por el Partido Republicano. Ahora apuesta a repetir la fórmula, consciente de que cada ruptura interna en el oficialismo estadounidense debilita el margen de maniobra del presidente.
Para el lector cubano, el asunto tiene una lectura inevitable. Cada discusión sobre Venezuela, Cuba, Irán o Groenlandia confirma que los excesos de poder en Washington también pasan por el filtro del Congreso y de sus propios equilibrios internos. Trump empuja, el Senado resiste a medias, y en medio queda la presión sobre países ya castigados por regímenes autoritarios y por la ambición geopolítica de turno.

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