Fuerzas militares de Estados Unidos, incluidos Marines y la Marina, realizan entrenamientos en el Mar Caribe desde finales de enero, en una demostración de fuerza que Washington presenta como parte de su misión regional y de su ofensiva contra el narcotráfico y otras actividades ilícitas. En medio de ese despliegue, el régimen cubano enfrenta otra señal de su fragilidad: una crisis de combustible que ya golpea la aviación y el turismo dentro de la isla.
Entre las maniobras documentadas figuran ejercicios de fuego real a bordo del destructor USS Mahan (DDG 72) y operaciones de vuelo de un MV-22B Osprey con participación de Marines. Las imágenes difundidas por las autoridades muestran a un marinero disparando una ametralladora M240B y a otro usando una pistola M18 durante prácticas en alta mar.
El mensaje de Washington es claro: las aguas del Caribe no serán un espacio cómodo para actores hostiles ni para actividades ilícitas, y las fuerzas desplegadas están listas para interdicciones de embarcaciones que violen sanciones. Esa postura llega en un momento de tensión abierta con La Habana, marcada por el endurecimiento de sanciones y la presión sobre los envíos de petróleo hacia Cuba.
La respuesta del régimen ha sido la de siempre: hablar de diálogo “sin precondiciones” mientras la economía interna se hunde y el país depende de suministros que no logra asegurar. La presión externa encuentra a una isla debilitada por su propia ruina productiva, con una crisis de combustible que ya obligó a comunicar a aerolíneas que no podría garantizar suministro de combustible de aviación durante semanas.
El daño no se queda en los titulares diplomáticos. La falta de combustible compromete vuelos, turismo y movimiento interno, y vuelve a mostrar un Estado incapaz de sostener lo básico. Mientras en el Caribe se despliegan buques y aeronaves estadounidenses, dentro de Cuba el castrismo sigue administrando escasez, atraso y dependencia como si fueran normalidad.
La combinación de presión militar, sanciones y asfixia energética deja al descubierto una realidad incómoda para La Habana: el régimen no controla la crisis, la padece y la agrava. Cada nuevo ajuste en el suministro de petróleo desnuda la vulnerabilidad de un sistema que lleva décadas prometiendo soberanía y entrega a la población un país sin combustible, sin margen y sin salida.

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