Dos buques de la Marina de México llegaron este viernes al puerto de La Habana con un nuevo cargamento de ayuda humanitaria para Cuba, en una señal más de la dependencia que el régimen ha profundizado mientras la escasez golpea a la población y el país sigue sin dar respuesta propia a la emergencia.
La llegada fue confirmada por medios oficiales y por el embajador cubano en México, Eugenio Martínez Enríquez, quien aseguró en redes sociales que las embarcaciones trasladaban donaciones enviadas por el gobierno y el pueblo mexicanos. Cubadebate difundió imágenes del arribo y señaló que el cargamento incluye alimentos, productos de aseo e insumos médicos.
El propio Miguel Díaz-Canel agradeció el gesto y volvió a presentar a México como uno de los países que más ha apoyado a la isla en las actuales circunstancias. El mensaje deja en evidencia otra realidad que el castrismo intenta maquillar: Cuba sobrevive, en buena medida, sostenida por ayudas externas mientras adentro faltan comida, medicinas y combustible.
Según reportes preliminares citados por el periodista Bernardo Espinosa, este sería el tercer cargamento de ayuda material enviado por México a la isla. El dato encaja con la fotografía diaria que ya conocen los cubanos: apagones frecuentes, anaqueles vacíos y hospitales necesitados de insumos básicos, todo en medio de una crisis económica que el régimen no ha podido contener ni explicar.
Hasta ahora no se han precisado el volumen total de la carga ni la fecha en que esos recursos llegarán a la población. Esa opacidad es parte del mismo problema: la ayuda entra por el puerto, pero la transparencia no entra nunca. El régimen administra la escasez como administra todo, con control político, propaganda y silencio sobre el destino real de lo que recibe.
La escena en La Habana resume la precariedad del país. Mientras los barcos mexicanos descargan alimentos y medicinas, la cúpula cubana sigue aferrada a una economía quebrada y a un aparato estatal incapaz de garantizar lo elemental. La asistencia extranjera alivia por un momento, pero también desnuda el fracaso interno de un sistema que ha convertido la necesidad nacional en rutina.

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