La Armada de México rescató a siete cubanos que quedaron a la deriva en una embarcación artesanal frente al Banco Chinchorro, en Quintana Roo, después de naufragar en aguas del Caribe. El operativo terminó con los migrantes a salvo, primero con apoyo de pescadores de la zona y luego bajo custodia de las autoridades mexicanas.
El rescate vuelve a poner delante de los ojos una realidad que el régimen intenta maquillar con propaganda y silencio: cada salida en balsa es una huida forzada por la crisis económica y social que empuja a los cubanos a jugarse la vida en el mar. Cuando una familia abandona la isla en una lancha precaria, no está tomando una aventura, está escapando de un país cerrado por el fracaso estatal.
Según el reporte oficial, personal naval de la Décima Primera Zona Naval coordinó la operación con la Conanp y el Instituto Nacional de Migración. Los náufragos fueron trasladados a Mahahual, donde Sanidad Naval confirmó que estaban en buen estado de salud, sin lesiones graves. Después fueron llevados a bordo de la patrulla interceptora ARM Rasalhague hasta el muelle de pescadores del puerto.
En tierra, los siete cubanos quedaron bajo los procedimientos migratorios del INM, que inició su identificación, protección y regularización conforme a la normativa vigente. El desenlace fue favorable para ellos, pero el origen del episodio sigue siendo el mismo: un éxodo que nace de la asfixia cotidiana dentro de Cuba y de la ausencia de salidas legales para quien quiere irse sin poner el cuerpo en una travesía suicida.
El rescate confirma, además, el peso de la ruta mexicana dentro de la crisis migratoria cubana. Mientras el régimen insiste en administrar la escasez y culpar a otros, miles de cubanos siguen empujados a rutas cada vez más peligrosas, por mar o por tierra, para buscar fuera lo que el sistema les niega dentro: comida, trabajo, horizonte y libertad.

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