Morón llevó la protesta cubana a un punto de ruptura la noche del viernes, cuando una multitud salió a la calle, lanzó piedras contra la sede local del Partido Comunista, sacó muebles del edificio y les prendió fuego. La escena, registrada en videos que circularon por redes sociales, mostró hasta dónde ha escalado el hartazgo en una ciudad golpeada por apagones, falta de combustible y un derrumbe cotidiano que el régimen ya no logra contener.
Las grabaciones muestran a varias personas acercándose al local partidista con objetos encendidos y arrojándolos hacia adentro mientras se oyen los gritos de “¡Quémenlo todo!” y “¡Libertad!”. Un análisis del New York Times confirmó la autenticidad de las imágenes y las ubicó probablemente en la madrugada del viernes al sábado. En otro fragmento se escucha lo que parece un disparo; luego aparece una persona cojeando y desplomándose, aunque no queda claro si recibió un impacto.
El Ministerio del Interior dijo que hubo al menos cinco arrestos y que otra persona, “en estado de embriaguez”, sufrió una caída. Las autoridades no admitieron disparos. Granma, órgano del Partido Comunista, reportó además daños en otros inmuebles, incluida una farmacia y una tienda estatal. La respuesta oficial siguió el libreto de siempre: minimizar el estallido, blindar al aparato político y reducir la rabia acumulada a una simple cuestión de orden público.
Lo ocurrido en Morón importa porque marca una escalada clara dentro de la protesta cubana. En la isla abundan las caceroladas, las quejas por la luz y los reclamos nocturnos por comida, pero atacar directamente la sede del partido gobernante coloca el conflicto en otro nivel. El blanco fue el centro del poder local, el símbolo de una estructura política que administra la escasez y luego castiga como vandalismo la respuesta de una población asfixiada.
El episodio llegó horas después de que Miguel Díaz-Canel reconociera en televisión que funcionarios cubanos habían conversado con el gobierno de Donald Trump, en medio del golpe que ha supuesto la caída de los envíos de petróleo desde Estados Unidos durante los últimos tres meses. El mandatario admitió que la falta de combustible ha tenido un impacto “tremendo”, aunque negó cualquier giro político. Esa admisión dejó al descubierto otra vez la fragilidad de un régimen que depende de una economía quebrada y de una fachada propagandística que ya no alcanza para tapar la crisis.
Morón ya venía castigada por cortes eléctricos prolongados y por un brote de chikunguña. En esa zona, además, los trabajadores sostienen parte de los complejos turísticos cercanos, mientras sus barrios cargan con la oscuridad, los mosquitos, la basura acumulada y la interrupción de servicios básicos. Cuando se va la electricidad, se detiene también la distribución de alimentos y la recogida de desechos. La factura cae sobre la gente común, no sobre quienes mandan desde el poder.
El antecedente del 11J sigue pesando sobre cualquier estallido en Cuba. En 2021, la represión fue brutal y cientos de detenidos siguen presos, según Human Rights Watch. Por eso lo sucedido en Morón no debe leerse como un hecho aislado: revela un país donde el miedo se agrieta bajo presión extrema y donde la represión no resolvió el fondo del problema, solo lo empujó a un terreno más desesperado.
Díaz-Canel pidió comprender la frustración de la gente, pero volvió a blindar el núcleo del poder con la condena de siempre a la violencia y al “vandalismo” contra las instituciones. Al mismo tiempo, funcionarios del gobierno local y dirigentes del partido celebraron un “acto de reafirmación revolucionaria” para respaldar al Estado. En Morón quedó expuesto lo que el régimen intenta ocultar cada día: cuando falla la luz, estalla también la furia contra un sistema que ha llevado a Cuba a este nivel de ruina.

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