Congresistas cubanoamericanos escalan la presión tras Morón

Las protestas de Morón, en Ciego de Ávila, llevaron a María Elvira Salazar y Carlos Giménez a subir el tono contra el régimen cubano y a volver a poner sobre la mesa el colapso que empuja a los cubanos a romper el silencio en la calle.

Salazar escribió en X que Cuba está “en total colapso” y que la dictadura “se resquebraja bajo su propio peso”. La congresista cubanoamericana sostuvo que décadas de represión y desastre socialista han dejado al país en una crisis que ya no se puede ocultar, y que los cubanos están saliendo a reclamar la libertad que el régimen les ha negado por generaciones.

Giménez reaccionó al mensaje de Miguel Díaz-Canel sobre los hechos en Morón y fue todavía más frontal. Afirmó que los “esbirros de la dictadura” han saqueado al pueblo cubano y culpó al abuso, la corrupción y la incapacidad del aparato de poder por la destrucción del país. También advirtió que lo ocurrido en esa ciudad puede repetirse en el resto de la isla.

La respuesta de ambos congresistas llegó después de una noche de cacerolazos, gritos de “¡Libertad!” y tensión frente a la sede municipal del Partido Comunista, donde hubo un incendio en la vía pública y daños al edificio. En medio de la protesta circuló el video de un joven herido tras escucharse un disparo cerca del local partidista, mientras los medios oficiales negaban que se hubieran producido disparos contra manifestantes.

El régimen trató de encerrar el estallido dentro de la etiqueta de vandalismo y de presentarlo como un episodio aislado. Al mismo tiempo, perfiles vinculados a instituciones estatales difundieron videos de calles vacías para vender una imagen de calma. Esa maniobra vuelve a exponer la fórmula de siempre: minimizar la protesta, criminalizar al que reclama y tapar con propaganda una realidad que ya no cabe debajo de la alfombra.

Morón se convirtió en otra señal del desgaste del modelo castrista. Los apagones que en algunas zonas superan las 20 horas diarias, la escasez de alimentos, la inflación y el deterioro de los servicios básicos están empujando el malestar en toda la isla. Cada estallido local confirma que el problema viene de arriba, de un sistema político que ha dejado a los cubanos atrapados entre la miseria, el miedo y la vigilancia.

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