El Poder Popular cumple 50 años como fachada del castrismo

La maquinaria oficial volvió a sacar a relucir estos días los 50 años de los órganos del Poder Popular en Cuba, una fecha que el régimen usa para vender la idea de que la Isla se gobierna desde abajo, con elecciones reales y una Asamblea Nacional con peso propio. La celebración insiste en una misma mentira política: que el pueblo manda, cuando en realidad el poder sigue concentrado en la misma cúpula de siempre.

Ese montaje institucional ha servido durante décadas para barnizar una estructura sin autonomía. El discurso oficial presenta las elecciones como un ejercicio de soberanía popular, pero el andamiaje está diseñado para que nada esencial cambie. En Cuba, el voto existe, pero no decide. La Asamblea se reúne, pero no controla. Los delegados se eligen, pero no mandan. Y ese vacío no es accidental: responde al modelo de poder que el castrismo ha defendido para conservar el control total del país.

En las elecciones de circunscripción, el régimen presume de que el Partido no propone candidatos y de que las urnas son custodiadas por pioneros. Esa imagen, vendida como prueba de pureza cívica, oculta lo evidente: no hay nada en juego porque el sistema está amarrado desde arriba. Da igual que salga Juan o Pedro, porque arriba siempre quedan los mismos. La alternancia, la rendición de cuentas y la competencia política quedan fuera del juego desde el primer momento.

Cuando aparece una figura incómoda para el poder, la máscara se cae con rapidez. En 2015, el opositor Hildebrando Chaviano fue nominado en su cuadra y enseguida comenzó la campaña para hundirlo: ofensas públicas, propaganda sucia sobre supuestos vínculos con “enemigos de la nación” y, el día de la votación, un mitin de repudio montado por una “brigada de respuesta rápida” para intimidar a los vecinos. Ese episodio resume mejor que cualquier propaganda cómo opera el castrismo en la base: tolera la forma electoral mientras aplasta cualquier opción que no controle.

También las llamadas comisiones de candidatura dejan al desnudo el carácter decorativo del sistema. Integradas por organizaciones subordinadas al Partido como la CTC, los CDR, la FMC y la FEU, son las que nominan a los futuros diputados. Allí se reserva espacio para ministros, altos funcionarios del Partido, militares y cuadros del aparato de orden interior, una mezcla que contradice cualquier idea de separación de poderes. En la práctica, el Estado se legisla a sí mismo y se protege a sí mismo.

El castrismo presume además de la presencia de jóvenes y mujeres en el Parlamento, pero evita hablar de lo esencial: esa Asamblea sostiene el récord de la unanimidad. Cuando una propuesta baja desde la cúspide, no aparecen votos en contra ni abstenciones. Esa obediencia mecánica confirma que el Parlamento cubano funciona como una extensión del poder, no como un contrapeso. La imagen recuerda poco a una institución representativa y mucho a un teatro político cuidadosamente administrado.

Por eso cada vez cuesta más encontrar cubanos dispuestos a asumir el papel de delegado. La gente sabe que el mecanismo no resuelve nada y que solo alimenta otra pieza de la mitología oficial. Medio siglo después, el Poder Popular sigue siendo eso: una fachada útil para sostener el relato del régimen, mientras la soberanía real permanece secuestrada por la nomenclatura.

Acerca de Redacción 4173 Artículo
Publicamos noticias, crónicas y reportajes de actualidad cubana. Nos define la integridad periodística, la veracidad y la calidad de nuestra información.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta