Vecinos de La Jata, El Roble y El Naranjo, en el municipio habanero de Guanabacoa, salieron a las calles la noche del 6 de marzo después de pasar más de 24 horas sin agua ni corriente. La protesta se escuchó también en toques de cazuelas, una señal clara de hartazgo frente al abandono cotidiano que el régimen intenta normalizar.
La activista Evelyn Pineda dio a conocer los detalles de lo ocurrido y ubicó la protesta en esos tres repartos, donde la combinación de apagón y falta de agua empujó a los residentes a expresarse en la vía pública. Cuando la vida se queda sin servicios básicos durante más de un día, la indignación deja de ser un reclamo aislado y se convierte en una denuncia abierta contra un sistema incapaz de sostener lo elemental.
Lo ocurrido en Guanabacoa vuelve a mostrar el costo humano de la ruina de los servicios públicos en Cuba. Sin electricidad no hay descanso, no hay refrigeración, no hay solución doméstica posible; sin agua, el encierro en la casa se vuelve otra forma de castigo. El régimen carga con la responsabilidad política de ese deterioro, porque ha convertido la precariedad en rutina y la supervivencia en una condena diaria para barrios enteros de La Habana.
Las cazuelas en la noche del 6 de marzo hablan de más que una molestia puntual. Hablan de una población empujada al límite, de comunidades que ya no encuentran otro camino para hacerse escuchar y de una capital donde los servicios esenciales fallan mientras el poder insiste en administrar excusas. La protesta en La Jata, El Roble y El Naranjo deja al descubierto una verdad que el castrismo no puede maquillar: cuando falta agua y falta corriente, también se rompe la paciencia.

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