El régimen usa el combustible para reforzar su discurso de asedio

La escasez de combustible volvió a darle al régimen castrista una coartada útil: presentarse como víctima mientras la crisis la pagan los cubanos de a pie. La nueva restricción al acceso de combustible en Cuba sirve otra vez para que La Habana agite el relato del bloqueo, pida donaciones y vuelva a poner al pueblo como rehén de su propia propaganda.

Lo que ocurre no es un episodio aislado ni una explicación convincente del derrumbe cotidiano. Antes de esta medida ya estaban ahí los apagones, los hospitales en ruinas, la basura amontonada en las calles, la inflación, la escasez de alimentos y medicinas, y una economía hundida por años de decisiones antieconómicas y fracasos acumulados. El combustible agrava el desastre, pero no lo crea.

El régimen intenta capitalizar cada golpe externo para blindar su narrativa de plaza sitiada. Esa fórmula le ha servido para justificar el hambre, el recorte de libertades y el irrespeto a los derechos humanos, sobre todo ante quienes todavía compran el discurso de que todo en Cuba se explica por el embargo estadounidense. La realidad que viven los cubanos desmiente esa coartada: la crisis arrastra años y responde también a la ineptitud del equipo que gobierna la Isla.

Mientras el castrismo insiste en pedir resistencia y sacrificio, la población lleva demasiado tiempo soportando salarios pulverizados, carencias extremas y un deterioro social que no deja de profundizarse. Desde el 11 de julio de 2021, además, protestar en Cuba implica arriesgar largas condenas de cárcel, una muestra clara de cómo el régimen responde al descontento: con represión y miedo.

La crisis actual también vuelve a poner sobre la mesa la salida masiva de cubanos. En menos de cinco años, cerca de un millón de personas, sobre todo jóvenes, han abandonado el país. Ese éxodo habla del fracaso político del sistema y de la imposibilidad de encontrar una vida digna dentro de una estructura que usa la escasez como mecanismo de control.

El régimen saca provecho de la desesperación y, al mismo tiempo, alimenta el discurso patriótico de siempre para exigir obediencia. Incluso recurre al temor a una guerra y a la idea de la “guerra de todo el pueblo” para apretar todavía más el cerco sobre la sociedad. En el fondo, sigue haciendo lo mismo: convertir el sufrimiento nacional en herramienta de poder y prolongar la agonía del país mientras conserva sus privilegios.

Si de verdad pensaran en Cuba, hablarían en serio y negociarían con responsabilidad. Pero cada vez que aplazan una salida real, engañan, distraen y manipulan, el costo lo sigue pagando el cubano común.

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