Bruno Rodríguez salió a defender la línea del régimen después de las declaraciones de Donald Trump sobre el futuro de Cuba. El canciller volvió a refugiarse en la consigna antiimperialista y presentó una marcha de antorchas en La Habana como prueba de respaldo político, en un país donde el poder convierte cada acto oficial en escenografía de legitimidad.
Desde su cuenta en X, Rodríguez aseguró que miles de cubanos, encabezados por jóvenes, marchaban por las calles habaneras para honrar a José Martí y reafirmar una posición antiimperialista e inclaudicable. El mensaje fue su respuesta directa a los vaticinios de “caída” que Trump lanzó desde Iowa.
La reacción del canciller deja al descubierto el recurso de siempre del castrismo: convertir una movilización organizada por el aparato político en símbolo de unidad nacional. La antorcha, las consignas y la apelación a Martí sirven para alimentar el relato oficial, pero no cambian la realidad de un sistema agotado, aferrado a la propaganda y a la épica vacía.
Trump había afirmado que Cuba está “muy cerca de fracasar”, al señalar que ya no recibe financiamiento ni petróleo desde Venezuela. Rodríguez respondió llevando el conflicto al terreno ideológico que más conviene al régimen, ese antiimperialismo que ha usado durante décadas para tapar su dependencia externa, su fracaso económico y su incapacidad de sostener al país sin recurrir al discurso de confrontación.
La escena volvió a mostrar a un gobierno que responde con consignas cuando se le cuestiona su supervivencia. Frente a cada señal de desgaste, la cúpula apuesta por marchas, símbolos y retórica política para maquillar una fragilidad que ya no logra ocultar ni dentro ni fuera de Cuba.

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