Marco Rubio puso en el centro de la conversación internacional una realidad que los cubanos viven a diario: la isla funciona sin una economía capaz de sostener la vida del país. El secretario de Estado de Estados Unidos afirmó en una entrevista con Bloomberg que el problema de Cuba es precisamente ese, que “no tiene economía”, y apuntó directamente al control político del régimen sobre cada palanca importante.
Sus palabras llegan cuando el derrumbe interno ya se expresa en cierres de rutas aéreas, escasez de combustible, apagones y un mercado informal del dólar que sigue marcando el pulso de la calle. La lectura de Rubio fue frontal: quienes mandan en La Habana quieren retener el poder antes que permitir que el país prospere, aun cuando eso condene a la población a una vida más dura y más cerrada.
El funcionario sostuvo que los dirigentes cubanos no saben cómo mejorar la vida cotidiana sin perder el control de los sectores clave. Ese diagnóstico coincide con la lógica de un sistema que ha hecho del monopolio estatal una forma de supervivencia política, no de desarrollo. En Cuba, cada intento de apertura real termina frenado por el miedo del régimen a ceder poder, y el resultado se ve en la mesa vacía, en la falta de transporte, en la caída del turismo y en la emigración constante.
La crisis económica que Rubio describió no es un accidente reciente ni una tormenta pasajera. La caída del peso, la depreciación acumulada desde la reforma monetaria de 2021, la inflación, el déficit fiscal y los prolongados apagones forman parte de un colapso estructural que el castrismo se ha negado a corregir con cambios de fondo. Mientras tanto, el país sigue perdiendo capacidad para importar, producir y sostener servicios básicos.
El impacto inmediato también golpea al turismo, uno de los pocos sectores que todavía aporta divisas. Las cancelaciones de aerolíneas rusas y canadienses, provocadas por la falta de queroseno en aeropuertos cubanos, dejan al descubierto hasta qué punto el régimen ha dejado hundirse una actividad que ya venía debilitada. Si el combustible falta en los aeropuertos, faltan también respuestas en los barrios, en los hospitales y en el transporte diario.
Rubio aprovechó además su intervención en Múnich para enviar un mensaje de respaldo a Europa y criticar lo que llamó una visión equivocada sobre fronteras, comercio y energía. Pero en el caso cubano, la frase que más pesa es otra: preferir un país moribundo antes que permitirle prosperar. Ahí está, en esencia, la confesión política de un sistema que ha colocado el control por encima de la vida de su gente.
La imagen de la calle cubana sigue siendo la misma: salarios pulverizados, apagones, colas, precariedad y una moneda cada vez más débil. La diferencia es que ahora incluso desde Washington se describe con menos eufemismos la ruina que el régimen intenta maquillar. Cuba no sufre solo una crisis económica; carga con una estructura de poder que impide cualquier salida real mientras preserve el dominio de la cúpula.

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