Donald Trump volvió a poner a Cuba en el centro de su agenda al decir, a bordo del Air Force One, que hará “lo necesario” para ocuparse del régimen de La Habana. La frase llegó en medio de preguntas sobre una eventual negociación y dejó claro que la isla sigue siendo un expediente abierto en Washington.
La declaración importa porque confirma que el castrismo intenta recomponer su relación con Estados Unidos mientras mantiene intacto el aparato de control dentro del país. El régimen busca alivio afuera, pero no ofrece libertades, ni cambios reales, ni una salida para los cubanos que cargan con la crisis.
La semana pasada, Miguel Díaz-Canel admitió que La Habana había abierto conversaciones con Washington para resolver las “diferencias” entre ambos gobiernos. Esa confesión muestra la dependencia política del régimen de cualquier respiro externo, aunque en la isla siga el mismo cerrojo contra la disidencia, la miseria y la fuga constante de cubanos.
Trump también aludió a los cubanos que votaron por él y recordó el peso del exilio, marcado por expulsiones violentas y familias golpeadas por la separación. En esa referencia quedó expuesto otra vez el costo humano del castrismo: persecución, ruptura familiar y salida forzada de generaciones enteras.
Para La Habana, cualquier diálogo con Washington nace desde la debilidad. El régimen necesita acuerdos, pero no ofrece instituciones, derechos ni alivio económico real a una población agotada por el control político y el fracaso de un sistema que lleva décadas empujando a los cubanos fuera de su propio país.

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