Donald Trump volvió a sacudir a sus aliados desde la Casa Blanca al insinuar una posible salida de Estados Unidos de la OTAN, en plena tercera semana de guerra y con nuevas grietas dentro de su propio entorno político. La amenaza llegó acompañada de reproches contra Europa y el Sudeste Asiático, a quienes acusó de no respaldarlo en el conflicto con Irán.
El presidente quiso responder así a la renuncia de Joe Kent, exjefe de la lucha contraterrorista, quien dejó el cargo por considerar que la intervención en Irán estaba impulsada por presiones de Israel y no por los intereses de Estados Unidos. Trump desestimó la crítica y celebró su salida, mientras insistía en que Irán sigue siendo una gran amenaza.
La tensión no quedó en el plano diplomático. Trump dijo que su país todavía no está en condiciones de retirarse de Irán, aunque lo estaría en un futuro cercano, y volvió a presentarse como un líder incomprendido por sus socios. En Truth afirmó que Estados Unidos es la mayor potencia del mundo y que no necesita ayuda, pese a que no ha dejado de exigirla.
Su idea de abandonar la OTAN choca además con un muro político dentro de Washington. Esa decisión no depende de un gesto presidencial y requiere mayorías en el Congreso que hoy no están garantizadas, incluso con el Partido Republicano en control de ambas cámaras. El cálculo de Trump se complica porque una ruptura así abriría una fractura mayor en su propio partido y lo obligaría a mover ficha con rapidez antes de las elecciones legislativas.
El fondo del problema es interno y externo a la vez. Trump necesita cerrar esta intervención como una victoria para evitar que el costo político le explote en la cara, sobre todo si suben los precios de la energía y se agrava el malestar del votante estadounidense. Pero también carga con la presión de Israel, que persigue objetivos más duros y no comparte los tiempos ni los límites de la Casa Blanca.
En paralelo, la guerra sigue escalando. Israel lanzó un ataque contra altos mandos iraníes que dejó muerto a Alí Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y figura clave del aparato de control del régimen de los ayatolás. El golpe debilitó la flotación del poder iraní y reforzó la idea de que Netanyahu ve este momento como una oportunidad decisiva.
Esa ofensiva, sin embargo, no ofrece una salida clara. Estados Unidos no parece dispuesto a mandar tropas para derrocar a Jamenei y compañía, y la apuesta por una rebelión interna luce débil mientras el régimen siga teniendo recursos para aplastar a los indefensos. El riesgo es que el conflicto se alargue, se enrede y termine atrapando a Washington entre sus alianzas rotas, sus cálculos electorales y una guerra que ya le está pasando factura.

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