Trump dice que intentará “tomar o liberar Cuba”

Donald Trump volvió a colocar a Cuba en el centro de una amenaza política directa al asegurar en la Casa Blanca que cree que tendrá “el honor” de “tomar Cuba” o “liberarla”. La frase, lanzada ante periodistas y acompañada por referencias a una posible presión más dura sobre La Habana, llega el mismo día en que la isla sufrió un apagón total de la red eléctrica.

Trump respondió a preguntas sobre si su estrategia con Cuba sería similar a la aplicada con Venezuela o Irán. Dijo que los cubanos estaban hablando con Washington y describió a la isla como “una nación fallida”, sin dinero, petróleo ni recursos. Después remató con una expresión que mezcla presión diplomática y advertencia de intervención: “Tomar Cuba de alguna forma, ya sea liberarla o tomarla”.

El mensaje no cayó en el vacío. La isla amaneció en oscuridad por un colapso completo del sistema eléctrico, una imagen que resume mejor que cualquier discurso la ruina en que el régimen ha hundido al país. Mientras el poder insiste en culpar al bloqueo energético de Estados Unidos, la realidad que carga el cubano de a pie sigue siendo la misma: un Estado incapaz de sostener los servicios básicos y una dirigencia que lleva décadas administrando escasez, dependencia y deterioro.

El apagón total y las palabras de Trump dejan al descubierto dos verdades incómodas para La Habana. La primera es la fragilidad extrema del país, convertido en un territorio donde todo se tambalea al mismo tiempo: la luz, el transporte, la comida y la paciencia social. La segunda es la vulnerabilidad política de un régimen que, tras años de propaganda, sigue dependiendo de explicaciones externas para justificar su propio fracaso interno.

Trump también recurrió al viejo argumento del exilio cubano en Estados Unidos. Habló de cubanos que fueron “tratados terriblemente”, emigraron, prosperaron y quieren volver a visitar la isla después de décadas. En ese tramo de sus declaraciones aparece otra realidad que el castrismo nunca pudo borrar: Cuba expulsó a millones de sus hijos y convirtió la salida del país en la respuesta más frecuente frente a la falta de libertad y de futuro.

Las declaraciones del presidente estadounidense no resuelven por sí solas el drama cubano, pero sí colocan una presión adicional sobre un poder que ya vive asediado por su propia incapacidad. Cuando un mandatario extranjero habla de “tomar” o “liberar” Cuba en el mismo instante en que el sistema eléctrico se cae por completo, el problema de fondo queda expuesto con crudeza: la isla sigue secuestrada por una dictadura que no garantiza bienestar, ni soberanía real, ni una vida mínimamente normal para su pueblo.

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